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Por
Juan Manzanera
Un
buen sistema de trabajo consiste en cambiar nuestro modo de considerar
las diversas situaciones con que nos cruzamos. Sabemos que los diferentes
estados mentales surgen como medio para obtener distintos propósitos;
pero lo más importante es dar prioridad a nuestro equilibrio interior
y hacerlo nuestra meta. Una excelente manera de hacerlo es ejercitar el
contentamiento. Si tuviéramos la fortuna de convivir con un sabio
o un maestro entenderíamos lo que esto significa y el valor que
tiene. Nadie, incluidos los maestros, estamos privados de contrariedades.
Las personas inteligentes simplemente las asumen, conviven con ellas sin
rechazarlas y se hacen flexibles para no quebrarse. Los sabios se hacen
blandos y no se resisten a lo que sobrevenga. De este modo mantienen su
paz interior. El contentamiento les hace percibir las dificultades y problemas
de modo que pueden proteger su espacio mental.
Este contento interior viene de una determinación interna de ser
feliz: "No voy a permitir que nada me perturbe, no vale la pena,
nada es motivo suficiente para hacer que me preocupe". Hay algunas
ideas pueden servirnos para apoyar esta decisión. Por ejemplo,
ante una situación difícil pensamos que antes o después
iba a suceder, después de todo en la vida hay que esperar momentos
más duros. Pensamos que mientras antes lo pasemos, mejor será
el futuro. Si nos hacen daño, podemos pensar que la mente es muy
inestable y es muy importante conocerla. Si nos vemos excesivamente orgullosos
por cómo nos van las cosas, pensamos que todo es producto de nuestro
esfuerzo y que sin seguir haciéndolo no podemos esperar un futuro
similar. Cuando nos relacionamos con alguien que nos enfada, pensamos
que esa persona está dominada por su mente y está sufriendo
más que nosotros. Cuando sentimos una atracción desproporcionada
por algo recordamos que nada perdura, todo es efímero y precario.
Es básico estar resuelto a no permitir que nada nos perturbe. Cuando
sentimos contentamiento, llegamos a la convicción de que nada vale
más que nuestra felicidad interna. Recordemos que las respuestas
emocionales son medios de lograr cosas y de manejar nuestro mundo. Con
el estado de satisfacción no queremos manipular ni lograr nada
porque vivir sin deseos es la mayor plenitud.
Una conocida historia china cuenta que un gran sabio vivía retirado
en lo profundo del bosque. Reputado por sus conocimientos y virtudes,
el emperador envió una comitiva para nombrarle consejero del imperio.
Cuando llegaron, encontraron al sabio sentado junto al río contemplando
la corriente de agua. El jefe de la misión le saludó respetuosamente
y le comunicó el nombramiento.
El sabio observó cómo una mariposa se posaba sobre el pétalo
de una hermosa rosa silvestre.
-Debes venir con nosotros al palacio -dijo el emisario.
-¿Para qué? -dijo el anciano-. No me interesan los títulos
ni la posición social.
-Vivirás en un ala del palacio, con tus propios jardines. Tendrás
criados y jóvenes doncellas a tu servicio.
-¿Para qué quiero todo eso? -volvió a decir el anciano.
-¡Serás feliz!. Todo el mundo desea ser feliz -dijo el emisario
sorprendido.
-Bueno, ya soy plenamente dichoso -concluyó el sabio.
La comitiva tuvo que regresar con las manos vacías mientras el
sabio miraba el infinito en una oruga posada sobre un trébol junto
al río.
Sin claridad interna es fácil que los acontecimientos nos arrastren.
Hay muchas ocasiones en que nuestra torpeza puede confundir las prioridades
y caer en el espejismo habitual. Tendencias como el afán de demostrar,
el apego a tener razón, la necesidad de hacernos notar, sentirnos
reconocidos, no querer ceder, desear ser correspondidos, sentirnos acompañados,
mantener la excitación, la búsqueda de estímulos,
la afición a pensar demasiado, la desconfianza, etc., desencadenan
los acontecimientos que nos alejan de la serenidad. Todas estas actitudes
implican una elección y un desconocimiento de nuestro interior.
Por ello es tan importante decidir lo que queremos de verdad y adoptar
firmemente la postura del sabio. Es preciso llegar al convencimiento de
que no necesitamos nada de eso porque la felicidad es interna.
En el fondo se trata de decidir entre el valor que le damos a nuestra
personalidad, posición social, ambiciones, creencias y dogmas privados,
frente al valor que tiene para nosotros vivir en paz. En nuestro mundo,
nuestra cultura, la educación que recibimos, todo parece encaminarnos
a dar valor a lo externo, lo aparente, lo que se percibe y se advierte;
al mismo que se desestima lo interno. Es curioso cómo los jóvenes
que se rebelan contra el orden establecido sólo lo hacen contra
las formas externas, nunca con los verdaderos valores. Les vemos cambiar
de ropa, de peinado, de aspecto, de modas, de aficiones. Es difícil
que alguien se plantee: "¿Qué me va a hacer feliz en
la vida?".
Una vez llegó a la consulta de terapia un joven enviado por su
madre. No estudiaba y perdía el tiempo tumbado o viendo la televisión.
Empezamos a hablar y analizar la situación. La conclusión
que sacamos es que él no creía en el estilo de vida de sus
padres. Sin ser consciente, estaba enfadado con ese mundo, que para él
era el único que existía. Era incapaz de reconocer su enfado
y lo había transmutado en una agresión contra sí
mismo en forma de apatía y desgana. Lo que nunca había decidido
era ser feliz. Cuando se dio cuenta de que no necesitaba vivir con los
valores de sus padres y que podía encontrar la manera de ser feliz
si se lo proponía, pudo encauzar su agresividad hacia fuera y convertirla
en el impulso para conseguir una vida tal como la deseaba.
Muchos adultos vivimos igual, sometidos a numerosas ideas, obligaciones
y deseos, a los que damos prioridad frente a la felicidad interna. Esto
incluye ciertas creencias que nos dan seguridad y preferimos mantener,
antes que ser felices. Podría hacerse una inmensa lista de prioridades.
Por ejemplo: ser eficaz, hacerse notar, lograr una posición económica
y social, protegerse, controlarse uno mismo, vivir aislado, querer ser
como los demás, dejarse llevar, vivir por costumbres, cumplir unas
normas y principios, hacer que se cumpla la justicia, buscar la perfección,
esperar aprobación, eludir el rechazo, querer ser imprescindible,
etc.
Es cierto que no todas estas cosas son negativas, algunas son incluso
favorables y útiles; el peligro surge cuando nos perdemos a nosotros
mismos por efectuar cualquiera de ellas. Por ejemplo, ser eficaz es valioso
e importante pero cuando por ser eficaz, olvidamos quiénes somos,
qué necesitamos nosotros y los demás, cuál es el
objetivo, etc., y nos obsesionamos con ello hasta trocarse una negación
de la vida, entonces estamos dando más prioridad a una actitud
que a nuestra satisfacción interna.
El caso es que creemos firmemente que estas cosas son la vía de
la felicidad cuando, justamente, no ir tras ellas es lo que nos hará
feliz. Estamos constantemente esforzándonos para conseguir algunas
de estas cosas, y esa lucha implica inquietud, incertidumbre y el permanente
desasosiego de perderlas. Así nos alejamos de la paz interna. El
contentamiento está aquí en el momento, sin hacer nada,
en la simplicidad. En nuestra naturaleza está el gozo y el placer.
Sólo cuando llegue el día en que nos demos cuenta, podremos
respirar. Unas pocas personas, a veces, se dan cuenta cuando llega la
vejez, pero aprender antes nos lleva a disfrutar y aprovechar mejor la
vida.
(Extracto
del próximo libro de Juan Manzanera, sobre meditación, historias
y reflexiones en torno a la conciencia y la serenidad interna.)
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