No hace mucho un alumno vino a contarme una experiencia espiritual insólita. Una noche, tras varios días de intenso trabajo terapéutico grupal, conoció un estado de apertura y luminosidad, se sentía lleno de gozo; y describía un estado interno, difícil de explicar, de plenitud y serenidad. La experiencia duró varias semanas, pero nunca se repitió. Desde entonces, lleva varios años buscando y participando en talleres y seminarios esperando que vuelva a suceder aquello. Hoy en día hay mucha gente que experimenta cosas similares. Tal vez, usando un lenguaje diferente, o haciendo interpretaciones distintas, pero las aperturas existen, ocurren inesperadamente y nos cambian la comprensión del sentido de la vida. La cuestión es comprender el lugar preciso que ocupan en el proceso espiritual. Cuando nos sucede algo así, lo queremos retener o intentamos evitar que no se pierda, pero su destino es el desvanecimiento. Las aperturas espirituales en la mayoría de los casos se desvanecen, y sólo algunas personas han alcanzado un estado de conciencia suficientemente limpio como para vivir con ellas. Aunque los diversos sistemas espirituales describen y denominan la transformación de modos diferentes, podemos encontrar la existencia de cinco fases en el proceso. La fase de acopio y provisión, la fase de gestación y apresto, la fase de apertura y vislumbre, la fase de meditación y contemplación, y la fase final de realización estable irreversible. Cada una de ellas tiene su tiempo y se caracteriza por las actividades a realizar para pasar a la siguiente. El lugar que cada uno ocupa en un momento dado y la fase en que se encuentra, vendrá determinado por el trabajo realizado a lo largo de su vida, incluyendo las experiencias de la infancia y las tendencias mentales con que inició su vida. La fase de acopio y provisión. La primera etapa es un largo período de aprendizaje y esfuerzo personal. Puede durar años y en la mayoría de nosotros toda la vida. Como sabemos por experiencia, la mente cambia muy despacio, de modo que la constante e ineludible aproximación a la muerte hace que no tengamos demasiado tiempo efectivo. Algunas personas tienen la fortuna de nacer en entornos favorables, rodeados de personas positivas y conscientes; y desde los primeros años de su vida, están despertando la conciencia. Para otros, la mayoría, esta fase comienza con alguna crisis vital en la adolescencia o la madurez. Finalmente, los menos afortu-nados nunca la conocen y llegan a la muerte como cualquier otro animal, sin más conciencia que la de ser un cuerpo biológico. Esta es una fase de generar básicamente todo tipo de actos positivos cuya huella vaya almacenándose en la conciencia. Incluye la participación en cursillos y seminarios, los estudios y lecturas espirituales, las prácticas y ejercicios básicos de entrenamiento mental, el servicio a los demás y a la comunidad espiri-tual, la observación constante y continuada de la mente, etc. Todo ello con el fin de aumentar la calidad y cantidad de fuerza interior. La fase de gestación y apresto. Tras muchos años en la fase anterior comienza una etapa mucho más breve en que se empieza a fraguar algo. Todavía no hay ninguna realización espiritual ni hay ningún cambio estable en la mente, pero existe una cierta predisposición y receptividad hacia los estados más transcendentes e intuitivos. Es como si la conciencia estuviera preparándose para un cambio de paradigma existencial. Todo el trabajo realizado en la fase anterior tiene su fruto en esta nueva sensibilidad. El número de personas que llegan a este nivel es mucho menor, pero hay que resaltar que el motivo no es por falta de capacidad o inteligencia sino por falta de dedicación y tiempo. Es decir, no es como quien aprende un oficio o una habilidad en que algunos son más virtuosos que otros en base a predisposiciones genéticas y ambientes vividos, no es así. Todas las personas tenemos la misma capacidad de conocer otros niveles de conciencia, independientemente de los factores personales definitorios. En la práctica las tareas que se realizan en esta etapa son muy similares a las de la fase anterior. Quizás ahora haya una mayor dedicación a la reflexión y discusión espiritual, una mayor experiencia y conoci-miento de los estados emocionales y mucha más capacidad de serenar la mente. A su vez, hay menos tiempo dedicado a acumular información y estudio, aunque uno sigue aprendiendo de sus maestros y de su comunidad espiritual. Al mismo tiempo, la dedicación y servicio a los demás se vuelve algo natural, sin esfuerzo y sin tanta necesidad de reconocimiento como anteriormente. La fase de apertura y vislumbre. La tercera etapa es la más breve, apenas dura unas horas o días. Aquí uno tiene la lucidez suficiente para percibir otros niveles de realidad antes desconocidos. A esta fase pertenecen testimonios como: "sentía que no existía ninguna separación con el resto del universo", "todo era gozo, o amor, como un inmenso amor a todo, no hacía mas que llorar de emoción y gratitud", "al caminar sentía una absoluta fascinación, como si todo fuera completamente nuevo, me hallaba en un estado de serenidad y dicha absoluta", etc. No son experiencias, como las que se han tenido a lo largo de la vida, sino un verdadero vislumbre de algo nuevo, una visión que atraviesa el mundo de conceptos y creencias en que uno ha vivido hasta el momen-to. Muchas personas tienen estas vivencias de un modo natural y sin el aparente esfuerzo previo; y con ellas inician su camino espiritual. Ahora bien, esta apertura puede muy bien ser malinterpretada. Mucha gente piensa que ya ha alcanzado la realización espiritual y han llegado al final del camino. Sin embargo, la realidad es bien diferente; con frecuencia, con el tiempo se empieza a desvanecer y la conciencia se cierra de nuevo. En la mayoría de los casos es una apertura genuina pero inestable, y la mente vuelve a su acostumbrado nivel de densidad. Cuando esto sucede muchos empiezan un largo periplo por cursos, seminarios y maestros esperando que algo les devuelva lo perdido, y esa búsqueda se convierte la seducción que les aleja cada vez más de obtener resultados. La fase de meditación y contemplación. Es preciso consolidar la realización vivida y esta es la función de esta etapa. Es imprescindible meditar y contemplar para mantener la apertura de conciencia y evitar que se pierda la sensibilidad adquirida. De nuevo, viene una larga etapa de muchos años de trabajo y esfuerzo. Por una parte, se requiere la práctica intensa y continuada de meditación así como la contemplación intuitiva de aquello que favorece la apertu-ra y el vislumbre. Por otra, la apertura exige que el funcionamiento cotidiano sea completamente desinte-resado y altruista. Es decir, aunque la etapa anterior surgió casi sin hacer nada (obviando las etapas pre-vias), quienes la vivieron necesitan un trabajo constante de meditación y silencio interior con el fin de alimentar la nueva calidad de conciencia. Al mismo tiempo, su vida sólo se expresa en entrega y servicio a la comunidad. En esta etapa, la vida es un equilibrio entre la quietud y el aislamiento de periodos de meditación y la búsqueda de una relación altruista con los demás por medio de la generosidad, la ética, el contentamiento, el perdón, el amor, etc. Otra persona vino a confiarme que había tenido una apertura espiritual en que había descubierto un amor gozoso y universal que todo lo impregnaba. Estaba confusa y no sabía qué hacer con ello, puesto que se había disipado tan rápido como había llegado. Sin embargo, cuando le propuse la tarea de la meditación y la dedicación a los demás para encauzar la nueva conciencia, no quiso escuchar y se fue a buscar a otro que le proporcionara al misma experiencia o le dijera cómo lograrlo de nuevo. La fase final de realización estable irreversible. Como consecuencia del trabajo anterior llega por fin el estado de plenitud irreversible. Ahora ya no hay engaños ni altibajos. La situación es tal cual es, no hay nada más que ganar ni nada que perder. Uno está en paz consigo mismo y con todo lo demás. Espontáneamente surge la ayuda a los demás, y la mera pre-sencia irradia paz y serenidad por doquier. Ya no hace falta hacer nada, ni estudiar ni meditar pues todo surge sin esfuerzo y de un modo natural. La vida y la muerte se perciben como colores distintos de una misma realidad. Respirar es gozo, cada momento es eterno y la eternidad se haya en cada instante. Es la máxima expresión del ser humano y la cualidad especial para la que hemos nacido. Si hay un propósito, si la vida nos ha ofrecido el regalo de la conciencia, es para esto, para ser plenamente despiertos y dichosos y conocer la plenitud. |
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