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Cuaderno Séptimo

[PRIMER BORRADOR  PENDIENTE DE REVISIÓN]


CURSO: CLAVES PARA CULTIVAR COMPASIÓN



Cuaderno Séptimo


Empezamos aprendiendo a percibir a los demás con ecuanimidad y después reconocemos que dependemos unos de otros. Nos damos cuenta de que incluso la felicidad de los demás es beneficiosa y necesaria para uno mismo, y sentimos  regocijo cada vez que nos encontramos con alguien feliz.

Parte de este proceso de maduración es hacerse consciente de los obstáculos a la compasión. Aunque hagamos todas estas meditaciones en ecuanimidad,  gratitud, regocijo, amor o compasión no son suficiente, necesitamos conocer lo que nos impide encarnar las cualidades y deshacernos de eso.

Meditar requiere saber apartar los pensamientos nocivos. Por ejemplo, cuando estamos desarrollando sabiduría e investigando qué somos en sentido último, la práctica principal es dejar de creer en la mente. Pero cuando lo hacemos no es suficiente hacerlo de una forma ambigua, tenemos que ser muy precisos y dejar de creer en un pensamiento, una emoción o una imagen personal muy concreta.

Al cultivar la compasión es lo mismo, necesitamos hacer conscientes los obstáculo concretos y necesitamos desarticular todo eso que la mente crea. Hay una correlación, cuanto más conscientes somos, más capacidad tenemos de librarnos de ellos; mientras que todo lo que permanece inconsciente, emociones, ideas, estados o sentimientos, va a seguir siendo un obstáculo. Por ejemplo, a veces nos encontramos con alguien lleno de resentimiento, le vemos enfadado pero cuando les preguntamos si están enfadados lo niegan y nos dicen que no se suelen enfadar; tienen una total inconsciencia de su estado. A todos nos sucede esto en alguna medida, muchas veces desconocemos el enfado, el apego, la envidia o la vanidad con que vivimos. No nos damos cuenta de que ciertos estados, pensamientos y creencias se apoderan de nosotros, y experimentamos estados mentales que no reconocemos. Estos son los límites de cuánta compasión podemos desarrollar.

Las principales trabas que tenemos casi todos son los miedos, los juicios internos, la imagen personal, el sistema de creencias, el egocentrismo, las experiencias vitales y el grado de evolución.

Uno de los principales escollos es el miedo y  sobretodo los miedos relacionados con los demás. Si en nosotros tiene mucha fuerza el miedo a que nos critiquen, nos rechacen o nos desprecien los demás, si está muy presente el miedo a la soledad, el miedo a la pérdida, el miedo al abandono, el miedo al conflicto, etc. todos esos miedos que tienen que ver con los demás; si eso tiene mucha fuerza, nos va a controlar y nos limita el desarrollo de la compasión, frena esa apertura. Si tenemos el miedo arraigado en el cuerpo nos va a costar mucho confiar en los demás y sin poderlo evitar vamos a estar siempre a la defensiva y alerta. Así la apertura es muy difícil.

De manera que nos hacemos conscientes de que nuestros miedos son una traba a que la compasión evolucione. Habitualmente queremos librarnos de nuestros miedos pero aquí el matiz es que la motivación para ello es que suponen un impedimento a la expansión de la compasión. Entonces, cuando nos damos cuenta de algún miedo buscamos superarlo para facilitar la compasión; ahora bien, el modo de superarlo es la compasión misma. Es decir,  una buena manera de hacer que ese miedo no nos controle, es sentir compasión hacia todos los seres que sienten miedos e inseguridades. Si no somos conscientes no podemos hacerlo, lo hacemos en cuanto nos damos cuenta. Si tenemos miedo a fracasar, a depender, a que nos dominen, a la intimidad, a que nos engañen, a que nos juzguen, etc., la mejor manera es sentir compasión, volcarnos en los demás.

Todos tenemos miedos y muchos no los conocemos todavía porque es muy doloroso reconocerlos.

No obstante, el mismo proceso de meditación y desarrollo personal nos va dando la capacidad de descubrirlos. En muchos casos el miedo sólo aparece cuando tenemos la capacidad de verlo. De manera que cuando descubrimos algún miedo es una buena noticia, un avance. No nos sentimos mal, sentimos que es algo bueno; estaba oculto y ahora aparece la oportunidad de sanarlo.  Aunque esto a veces pueda resultar muy difícil, el talante es entender el miedo como un obsequio. Aunque sea muy difícil trabajarlo y tardemos meses en superarlo, la actitud es sentirlo como la ocasión de liberarse.

En resumen, vigilamos nuestras reacciones y vemos que cuando no somos capaces de responder con compasión uno de los posibles motivos es el miedo. De modo que indagamos en nuestros miedos y tratamos de usar la compasión para trascenderlo.

Otro aspecto que interfiere en nuestra evolución es el rechazo a ciertos aspectos de nosotros mismos. Todo lo que juzgamos y nos disgusta de nosotros nos impide abrirnos a los demás. Lo que nos de vergüenza, lo que no soportamos de nosotros, lo que nos hace sentirnos culpables, lo que no queremos que nadie vea, lo que no deseamos que salga a la luz, todo esto lógicamente tampoco lo queremos ver en los demás y tampoco nos va a gustar la gente que es así.

Intentamos constantemente tapar todo lo que no nos gusta de nosotros. Es un mecanismo muy repetido a través del cual lo apartamos de nuestra conciencia hasta sentir que no existe. Evitamos que aparezca, y sin embargo,  los demás constantemente nos lo muestran. Lo que criticamos en nosotros mismos los demás también lo tienen, y al verlo surge irritación, malestar y rechazo. De modo que se hace muy difícil sentir compasión.

Por consiguiente, el ejercicio de aceptación y dejar de juzgarse es muy importante para cultivar la compasión. Es esencial reconocer la propia humanidad, con sus imperfecciones y valores, dejar los sentimientos de culpa y abandonar las comparaciones con ideales de perfección. Si no reconocemos todas nuestras contradicciones, nuestra oscuridad y nuestros engaños, la compasión será muy limitada. Si tenemos que ser perfectos no vamos a evolucionar y despertar, de modo que es preciso dejar de juzgarse. No se trata de ser intachables y luego tener compasión; al contrario, reconocer nuestras inseguridades, envidias o enfados, reconocer y aceptar cómo somos, nos va a permitir crecer en compasión, en particular hacia quienes son inseguros, envidiosos o se enfadan.

Por ejemplo, si estamos resentidos con alguien y nos juzgamos por ello, y pensamos que deberíamos sentir compasión en lugar de rencor, estamos creando trabas a la compasión misma. Es decir, no desarrollamos apertura y bondad porque debemos hacerlo porque es incorrecto reaccionar de un modo negativo. La compasión surge a partir de la aceptación propia y de los demás, y como consecuencia natural de una mayor comprensión de nuestra mente y la dinámica de las relaciones.

De modo que una tarea muy importante, aunque difícil, es la aceptación de uno mismo; lo cual implica dejar de juzgarse, culparse, compararse, etc. Entonces, si no podemos sentir compasión hacia alguien, podemos preguntarnos qué es lo que juzgamos en la persona, lo que no nos gusta, y podemos indagar qué sucedería si tuviéramos esa característica, ese defecto. Podemos ver di sentiríamos culpa o vergüenza, si no resultaría insoportable ser así. Indagamos si este es el obstáculo a la compasión, si lo identificamos hacemos un ejercicio de aceptación de nosotros mismos, y si no lo es seguimos buscando cuál puede ser.

Otra de las trabas a la compasión es nuestro sistema de creencias. Todos tenemos una forma de pensar, unos valores y  principios, y una forma de ver el mundo. Cualquier sistema de pensamiento prejuicios, ciertas formas de percibir a los demás, así como interpretaciones y significados de sus comportamientos. De modo que no llegamos a ver a los demás, los percibimos a través de un filtro  conceptual que distorsiona la realidad. Si la percepción no clara y verídica, y pensamos que la actitud de una persona es inapropiada, es muy difícil responder con compasión. Si nuestra forma de pensar nos hace apreciar que los demás son injustos, perversos, culpables, mezquinos, etc., vamos a estar a la defensiva y la apertura es muy difícil.

En este campo es fundamental aprender que ninguna forma de pensar tiene la verdad. Nuestro sistema de creencias sólo es una manera de darle sentido a las cosas que suceden, siempre hay puntos de vista diferentes, igual de válidos que los nuestros. Una tarea muy importante, es dejar atrás formas de pensar nocivas y engañosas, y aprender a pensar de otra manera. De hecho, como es fácil apreciar, todo este trabajo de despertar compasión se basa en desarrollar formas diferentes de pensar acerca de los demás.

Sin embargo, nos resulta muy difícil abandonar nuestro sistema de creencias, nos da seguridad y la sensación controlar la vida. Si queremos evolucionar es indispensable entender que nuestros principios y valores, así como nuestra forma de interpretar y analizar las cosas, sólo son formas de pensar, no son verdades objetivas  absolutas. Cuando desarrollamos la capacidad de reconocer que empleamos una forma de pensar sólo por su utilidad, sin creer que sea la verdad, esto nos permite apreciar a otras personas con formas de pensar diferentes. Somos capaces de reconocer que, quienes desde una perspectiva podrían parecernos necios e ignorantes, sólo tienen otro modo de ver las cosas; esto abre la puerta a la compasión y podemos desear que dejen de sufrir.

Aquí hay un trabajo de mucha conciencia. Necesitamos sacar a la luz todas nuestras ideas de cómo creemos que tenemos que ser, cómo creemos que tiene que ser la gente, cómo tiene que ser el mundo, cómo debería ser todo. Una vez reconocido, hacemos consciente que no son verdades sino sólo formas de pensar, y si soltamos la compasión puede surgir. Así que, investigamos si nuestra compasión está bloqueada por una forma de pensar muy rígida. Esto coincide con parte del trabajo con la sabiduría. Cuando exploramos la conciencia, se despierta la sabiduría de reconocer que las formas de pensar son relativas y condicionadas, y descubrimos que la mente nunca señala la realidad. Las ideas sólo tienen un valor funcional, sirven para manejarse en la vida, nada más.

A menudo lo que nos impide la compasión es directamente el egocentrismo, el estar centrados en el nosotros mismos. Esto incluye varias cosas. Por un lado, la fuerte identificación con las necesidades físicas y emocionales. Si sentimos de un modo muy rígido que somos lo que necesitamos o que es insoportable prescindir de lo que necesitamos, es muy difícil la compasión. Las personas tenemos muchas necesidades, y algunas son vitales y las experimentamos con especial intensidad. Necesitamos seguridad, necesitamos sentir que controlamos nuestra vida, necesitamos sentir vínculos afectivos y necesitamos libertad e independencia. Estas necesidades son reales, en sentido relativo, y cuando las vivimos de un modo muy obsesivo y vehemente, no tenemos espacio para nada más y nuestra vida está totalmente condicionada a lograr lo que necesitamos.

 Ahora bien, al vivirlo de esa manera tan rígida, nos volvemos más conscientes de no poderlas conseguir.  Sólo obtenemos temporalmente lo que necesitamos, y mientras más lo deseamos menos sentimos que podemos tenerlo, con lo cual se crea como una especie de bucle de necesidad, frustración y deseo, en el que no hay espacio para pensar en los demás.  Sentimos que ya tenemos bastante con la preocupación personal como para buscar además que otros no sufran. Nos quedamos atrapados en un bucle de desear algo que sólo a veces conseguimos y seguir  intentándolo una y otra vez; así perdemos todo el espacio mental para cualquier apertura.

Es evidente que no podemos prescindir de esas necesidades fundamentales, pero se trata de aprender a vivirlas con más espacio, con menos contracción. Es cierto que necesitamos seguridad controlar nuestra vida, vínculo afectivos, sentirnos independientes y demás, pero no tenerlo se puede tolerar y vivir con serenidad, sobretodo porque forma parte de la vida. Verse privado de algo que necesitamos es doloroso, siempre lo será, pero podemos vivir con ello y eso es lo que queremos conseguir. La clave está en el yo, en la personalización, en el momento en que sentimos la experiencia dolorosa como algo personal. Es lo que Buda explicaba cuando dijo que era como un perro atado que sólo puede dar vueltas alrededor de un poste. Si somos el cuerpo y la mente, si somos lo que necesitamos, eso es el bucle del sufrimiento. De modo que esto es otra de las actitudes que pueden impedirnos la compasión, y por tanto queremos hacer consciente.

El siguiente obstáculo es la imagen personal. Todos tenemos diferentes ideas de nosotros mismos y si vivimos muy pegados a ellas no podemos abrirnos a los demás. Por ejemplo alguien que se sienta débil y esté muy convencido de ello podrías siempre va a estar buscando protección y estar a salvo, y podría siempre acercarse a personas que le cuiden y amparen. Así, es muy difícil creer en tener la fuerza para querer ayudar a los demás y sentir que se puede hacer. La compasión requiere una solidez, y una sensación de tener la capacidad de aportar algo, si uno se cree débil ni se le ocurre abrirse a la compasión. Ahora bien, la cuestión es que esta imagen es completamente imaginaria.

Todos tenemos diferentes identidades que nos limitan la compasión; nos quedo fusionamos en ellas y no podemos volcarnos en los demás. En la práctica de meditación, lo que hacemos es disolver la imagen personal habitual y favorecer que emerja otra distinta; de manera que al final nos reconocemos como alguien capaz de sanar el mundo. Esto es parte de la meditación de compasión. Es decir, si tenemos una imagen personal incapaz, indefensa, culpable, dañina, etc.  – todo lo que nos limita la compasión y es imaginario – emergemos como un yo que es capaz de sanar el mundo Se produce el abandono de la imagen limitada de nosotros mismos, y as es como también la meditación nos sana. Sentir compasión nos obliga a soltar este yo limitado, indefenso, incapaz.

Por otra parte, la imagen de nosotros mismos es uno de los filtros que construyen la percepción que tenemos de los demás. La manera de vernos condiciona cómo vemos a los demás. Como el archiconocido ejemplo de que si llevamos puestas unas gafas con cristales verdes, lo vemos todo verde. Entonces, si vemos a los demás condicionados por al idea que tenemos de nosotros mismos, no podemos tener una percepción clara y limpia.

Siempre vivimos con alguna imagen personal y siempre estamos evaluando y valorando a los demás en función de cómo nos vemos a nosotros mismos. Por ejemplo, si nos vemos personas organizadas y responsables percibimos a quienes no lo son -quizás porque no le dan tanta importancia – descuidados, dejados o imprudentes. Pero, si sucede lo contrario, si nos vemos flexibles y espontáneos podemos percibir a la gente responsable como excesivamente perfeccionistas, controlados o rígidos. Otro ejemplo, si nos vemos amables y compasivos, podemos ver a las personas realistas y pragmáticas como insensibles, egoístas o inhumanos, pero si nos creemos sensatos y prácticos podemos percibir a las personas amables como soñadores o idealistas.

Este condicionamiento hace muy difícil sentir compasión hacia ciertas personas. Es más probable ser amable con quienes refuerzan nuestra imagen personal que con las personas a quienes juzgamos o que nos juzgan. Entonces, de nuevo, para cultivar la compasión necesitamos empezar a desprendernos de la imagen personal que sólo es una elaboración mental.

Otro de los aspectos que puede ser una traba tiene que ver con nuestras primeras experiencias vitales. Simplificando mucho, encontramos que hay personas que se sienten muy inseguras en la vida y hay quienes se sienten seguras. Las experiencias en la infancia pueden dejar una impronta que nos haga sentir incapacidad o indefensión; o por el contrario, seguridad y fortaleza. Cuando internamente sentimos cosas como que no podemos con la vida, que todo es muy difícil, que necesitamos que nos cuiden, etc., cultivar la compasión es un trabajo más difícil y más largo. Cuando la experiencia interna es todo lo contrario, y sentimos seguridad interna y confianza la compasión es más fácil. Las personas así tienen una base, y les resulta mucho más fácil volcarse a los demás y ayudar a todo el mundo, casi sin meditar tienen claro la importancia de aportar algo a los demás.

De modo que también queremos ser conscientes de los condicionamientos cuando fuimos niños. A veces nuestro punto de partida no es el de los demás, es mucho más difícil y lo tenemos en cuenta. Sabemos que nos puede costar más cultivar compasión y contamos con ello. Tal vez vivimos un ambiente peligroso con maltratos y falta de afecto, y en consecuencia somos desconfiados y recelosos. Así pues nos hacemos conscientes de ello y sin darle mayor importancia asumimos que el proceso será más largo.

Todo es una construcción de la mente, por tanto la compasión siempre es posible. Cuando dejamos de identificarnos con lo que nos ha ocurrido, con las experiencias vitales, abandonamos el victimismo. La vida es movimiento, las personas somos procesos cambiantes, no somos entidades inmutables. Lo que nos ha sucedido no nos marca si no queremos. Hay que seguir un recorrido, pero todo el mundo puede evolucionar, despertar.

Además de todo esto es preciso ser conscientes de hay una correlación entre compasión y nuestro nivel de evolución. Es decir nuestra maduración personal restringe el grado de compasión que podemos alcanzar. Si no evolucionamos y somos más conscientes, la compasión no puede expandirse y transcender.

Ahora bien, ¿qué significa madurar? Si vemos a cualquier bebé, sus intereses son meramente egocéntricos. Todos nosotros cuando teníamos uno o dos años sólo pensábamos en nosotros mismos, únicamente nos fijábamos en lo que necesitábamos y queríamos que nos lo dieran. Si no nos lo daban nos poníamos a gritar y llorar como locos. Ése es el nivel de conciencia inicial de cualquier persona, un estado en el que sólo existe uno mismo y hay un reconocimiento de los demás supeditado a que nos den lo que deseamos.

Todos podemos reconocer que eso ha ido cambiando. La vida nos ha hecho aprender y hemos ido desarrollando más empatía, más conciencia de los demás y más comprensión de que todos nos necesitamos unos a otros. Esto es madurar y es lo que nos permite tener más compasión.

Cuando hoy meditamos, tenemos una cierta capacidad y llegamos a un nivel de compasión, dentro de unos años tendremos otro. Si seguimos trabajándonos, la compasión irá cambiando. De modo que también tenemos que ser conscientes de que nuestra capacidad de compasión actual depende de lo evolucionamos que estamos.

Si analizamos las etapas de maduración de las personas, todos empezamos en una fase en que nos creemos con el derecho a que todo el mundo nos atienda y nos cuide. Es lo que ocurre cuando somos pequeños. El bebé siente que tienen que darle lo que pida y busca continuamente maneras de que le escuchen. Con el tiempo, vamos madurando y empezamos a dar a los demás. Cuando nos dan sentimos alegría y felicidad, y entonces, a veces reaccionamos con afecto. Sentimos cariño y conexión pero sólo es una reacción al recibir. Por ejemplo, tal vez recordamos que de pequeños cuando nos hacían un regalo, enseguida queríamos mucho a esa persona. Era sólo una reacción inmediata a lo recibido. Sin embargo, aquella respuesta aunque muy inmadura fue el germen para despertar el potencial de compasión y la capacidad de querer a los demás.

Conforme vamos teniendo experiencias en la vida empezamos a aprender una serie de normas, valores y principios. Vivimos y nos relacionamos con otras personas, y se nos enseña a comportarnos de una manera. Pueden decirnos que hay que ser buenos, ecológicos, cuidar el planeta y no hacer daño a los animales. De modo que si hemos recibido una educación de este tipo, podemos empezar a actuar con bondad y compasión hacia los demás.  Pero somos buenas personas porque es lo correcto, porque es lo que nos han dicho, y porque es lo que hay que hacer en la vida. En esta etapa hay algunas personas que son importantes para nosotros y creemos en lo que nos dicen. Sentimos que tienen la verdad y debemos hacer lo correcto. De modo que hacemos todo lo posible para cumplir con los valores que nos transmiten los demás porque pensamos que tienen la verdad. Sentimos que no sabemos nada de la vida y que los mayores saben más, y creemos que haciendo lo que nos dicen todo nos irá bien.  Se trata de hacer siempre lo que se espera de uno porque es lo correcto.

Esta fase nos saca de las tendencias egocéntricas con que nacemos, y se da gracias a vivir en un entorno social en que se transmiten unos valores. Al vivir entre personas con unas cualidades y principios podemos aprenderlos y evolucionar. Los valores humanos son imprescindibles para construir una sociedad armoniosa y floreciente. Sin embargo, cuando las familias y comunidades dejan de comunicar unos principios y normas fundamentales, perdemos la oportunidad de expresar capacidades como la generosidad y la bondad, así los impulsos individuales se consolidan por más tiempo y acaban siendo nocivos para todos. La oportunidad de evolucionar en amor y compasión se vuelve más difícil.

Ahora bien, la maduración personal va más allá de esta etapa. Algunas personas empiezan a apreciar a los demás por lo que son, en lugar de hacerlo por cumplir con unas normas sociales. Ahora descubrimos que cuando ayudamos a los demás, cuando somos amorosos y compasivos, tenemos relaciones más gratificantes y nos sentimos mejor. Descubrimos que ser generoso hace que nos reconozcan y nos aprecien, y nos hace sentirnos valiosos. En esta fase, solemos hacer una evaluación interna  de la relación entre los costes de ser compasivo y los beneficios.  Así pues, somos conscientes de  que ayudar los demás implica tiempo, esfuerzo y energía, pero nos damos cuenta de que recibimos muchas compensaciones en términos de consideración, respeto, aprecio y demás. Nos cuesta dar a los demás, pero recibimos mucho.

Al mismo tiempo, en esta etapa solemos sentirnos mal si no damos a los demás,. Por una parte, nos sentimos culpables por no ser buenos y compasivos, y por otra, nos incómoda ver el sufrimiento de los demás. De manera que ayudamos en parte para aliviar nuestro malestar. Nuestra compasión está motivada por nuestro malestar y culpa.  Hay un deseo de salir del malestar,  nos sentimos mal cuando el otro está mal, y además si no ayudamos nos sentimos egoístas y nuestra imagen personal se deteriora. Pensamos que somos personas estupendas que ayudamos a todo el mundo, y si no lo hacemos nos vemos malos y falsos.

De modo que ayudamos sobretodo por lo que recibimos, porque nos sentimos bien ayudando, porque recibimos aprecio, porque establecemos vínculos positivos, por la gratitud de los demás, y también porque si no lo hacemos nos sentimos mal y culpables. Pero, todo esto va cambiando con el tiempo, si somos honestos con la tarea y vamos desarrollando una mayor conciencia. Conforme vamos trabajando la noción de identidad y el egocentrismo – con el desarrollo de sabiduría – cada vez ayudamos menos por lo que recibimos y más por beneficiar a la persona misma.

En un determinado momento de este proceso se produce una nueva actitud en la cual la identidad se queda al margen. Dejamos de ayudar por sentirnos mejores personas o por el reconocimiento, dejamos aparte cualquier motivación egocéntrica y nos salimos del juego de costes y beneficios. Cuando esto sucede es el momento en que empieza la forma de compasión más genuina. Como podemos entender es muy difícil llegar ahí. La mayoría de las personas estamos en alguna de las etapas anteriores – ayudamos para evitar que nos juzguen, ayudamos por cumplir con unos valores, ayudamos porque nos hace sentir bien, ayudamos porque de lo contrario nos sentimos egoístas, ayudamos porque así los demás nos aprecian, etc.

El salto a la verdadera compasión – es un salto cualitativo, un cambio de conciencia – es cuando la persona que ayuda ya no está en juego. La persona deja de importar y lo relevante es el alivio del sufrimiento. Este es el grado de compasión que expresan algunas enseñanzas budistas como los sutras de la tradición Mahayana que describen las acciones de los bodhisattvas. Por ejemplo, en el Sutra de Vimalakirti leemos al bodhisattva que dice. “Mi sufrimiento va a durar mientras dure el sufrimiento de todos los seres, terminará cuando termine el sufrimiento de todos los seres”. Este es la forma de pensar de quien se vuelca sin condiciones a aliviar el dolor del mundo, es la compasión genuina. No habla del sufrimiento de los demás ni de sanar al mundo que está allí, sino de que el dolor del mundo es el propio dolor.

En otra de las escrituras Mahayana, el sutra de Aksayamati, el bodhisattva dice que su vida está al servicio de la compasión, al servicio de las perfecciones; dice que no utiliza la práctica perfecta de las virtudes para ser mejor, si no que es un siervo de la compasión. Dice que todo su ser es para servir a la compasión”.

Esta actitud es el nivel más genuino de compasión y la aspiración de quienes se implican en este proceso. Para conseguirlo, la clave es nuestro nivel de evolución y conciencia; pero antetodo la sabiduría que hemos alcanzado. Es decir, hasta qué punto hemos reconocido que el yo es una creación mental, inexistente y ficticia, y hasta qué punto reconocemos que el yo y los demás no son entidades independientes y distintas.

Todo esto puede resultarnos muy difícil, y de hecho lo es, pero la cuestión no es esa. Lo verdaderamente importante es la aspiración a llegar a eso. La motivación de alcanzar ese nivel de compasión. En lugar de acobardarnos y encogernos en la incapacidad y la indefensión, decidimos avanzar hacia ese nivel de compasión que representa Vimalakirti. Nos da lo mismo que sea difícil porque la cuestión es dirigirse hacia ahí. Decidimos tener esa compasión, decidimos meditar, hacer lo que sea para llegar al máximo grado de compasión. Esa es la vida, ése es el compromiso de la compasión, siempre somos principiantes pero seguimos caminanado y avanzando, seguimos renovando el compromiso de aliviar el dolor del mundo.


NOTAS

NOTA 1, Fragmento de sutra de Vimalakirti.
Vivía en la gran ciudad de Vaisali un cierto Licchavi, de nombre Vimalakirti… vivía con el comportamiento de un Buda, y su inteligencia superior era tan vasta como un océano…
…Era elogiado, honrado y recomendado por todos los Budas…

En aquel tiempo, Vimalakirti se manifestó como si él mismo estuviera enfermo…

Entonces el Buda dijo al príncipe coronado, Manjusri: “Manjusri, ve a ver al Licchavi Vimalakirti para preguntar sobre su enfermedad”

…Manjusri respondió: “Señor, es difícil asistir al Licchavi Vimalakirti. Está dotado de una elocuencia maravillosa concerniente a la ley de lo profundo… Aun así, si bien ninguna de mis débiles defensas pueden oponerse a él, sostenido por la gracia del Buda, iré a verlo y conversaré con él tanto como pueda…

Manjusri, se dirigió al Licchavi Vimalakirti:
Dueño de casa, ¿de dónde viene esta enfermedad tuya? ¿Cuánto tiempo continuará?…
…Vimalakirti respondió: “Manjusri, mi enfermedad proviene de la ignorancia y de la sed de existencia, y durará tanto como duren las enfermedades de todos los seres vivos. Si todos los seres vivos fueran a ser liberados de la enfermedad, yo también podría no estar enfermo. ¿Por qué? Manjusri, para el bodhisattva, el mundo consiste sólo en seres vivos, y la enfermedad es inherente a vivir en el mundo…
…Me preguntas, Manjusri, de dónde viene mi enfermedad; la enfermedad de los bodhisattvas
surge de la gran compasión”…

NOTA 2, Aksayamati Nirdesa Sutra

La generosidad no es mi compañera, más bien soy yo quien acompaña a la generosidad. La ética, la paciencia, el entusiasmo, la concentración y la sabiduría no son mis compañeras; más bien soy yo quien acompaña a la ética, la paciencia, el entusiasmo, la concentración y la sabiduría. Las perfecciones no están a mi servicio, soy yo quien está al servicio de las perfecciones.


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