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Cuaderno Tercero

[TRANSCRIPCIÓN  PENDIENTE DE REVISIÓN]


CURSO: CLAVES PARA CULTIVAR COMPASIÓN


Cuaderno Tercero

 

Cuando pensamos con quién vamos a tener compasión, hacia quién vamos a volcar la  compasión, empezamos a tener problemas. Podemos tener una determinación o una decisión de ser compasivos, pero cuando miro hacia quién – a quién quiero ayudar – empieza a ser complicado.

En general, podemos decir, de una forma muy simplificada, que hay tres tipos de personas que nos vamos encontrar.

Hay personas que son muy similares a nosotros y que tienen sus estados emocionales – a veces positivos, a veces negativos – sus convicciones, sus inseguridades, su carácter… Los sentimos muy parecidos a nosotros. Con esas personas, cuando sufren, es fácil tener compasión. Cuando perjudican es un poco más difícil, pero si queremos podemos ir más allá del daño que nos hacen y sentir compasión.

Luego, hay un tipo de personas que sentimos muy diferentes a nosotros, son personas a las que caemos mal, a lo mejor sin haberles hecho nada. Tal vez, no les gusta nuestra forma de ser, nuestras ideas, nuestro comportamiento, nuestros valores, nuestra ideología, nuestra religión, o incluso el equipo de fútbol del que somos. Da lo mismo, el caso es que hay algo en nosotros que no aceptan y rechazan. Pero también sucede en sentido inverso, hay ciertas personas que nos irritan y molestan por razones similares. Nos caen mal porque tienen otros valores, otra forma de pensar, otras aficiones, distinta visión política, son de otra religión, tienen un carácter que nos disgusta, etc..

Con estas personas ya de por sí es difícil sentir compasión porque el punto de partida es de división o separación. Pero si además nos hacen daño, es muy difícil superar el daño, es muy difícil gestionar que esa persona me ha hecho daño y encima tener compasión.

Nos vamos a encontrar gente así, y con estas personas hemos tomado la decisión de hacer algo para aliviar su sufrimiento..

Por último, también nos vamos a encontrar con personas que directamente – no es que les caemos mal – sino que nos hacen daño. Son personas que intentan utilizarnos, o que intentan aprovecharse de nosotros, que nunca nos van a querer, da igual lo que hagamos por ellas. Nos van a rechazar, nos desvalorizan constantemente, nos desprecian y nos echan la culpa de todo. Sin que les hayamos hecho nada nos critican cuando pueden, se creen los mejores, mienten, son falsos o envidiosos. Con estas personas ya de por sí es muy difícil sentir compasión. Cuando nos encontramos con alguien muy malintencionado y ruin nos distanciamos y evitamos relacionarnos con esa persona, pero si además nos daña es verdaderamente difícil querer ayudarle.

El caso es especialmente grave cuando esa persona dañina tiene una posición de autoridad. Por ejemplo, un superior en el lugar de trabajo.  Muchas personas que llegan a jefes en una empresa son gente sin capacidad de empatía y llenos de inseguridades, con lo cual acaban escondiéndose en actitudes déspotas y maltratos verbales a los subordinados. Cuando alguien que tiene cierto poder es egoísta, maltratador y prepotente, la experiencia es muy dolorosa. Se apoderan de nosotros estados de impotencia e indefensión,  y sentimientos de injusticia , y suelen llevarnos a padecer un alto grado de estrés. En tales casos es muy difícil responder con compasión. Por un lado por el daño gratuito que nos hacen, pero por otro porque en nuestra mente no vemos con lógica sentir compasión hacia alguien que está por encima de nosotros, que gana más dinero y tiene mejor posición social. Desarrollar compasión en estos casos, no solamente es un reto increíble sino que además es una necesidad imperiosa, sólo la compasión nos puede proteger del abuso.

De modo que hay estos tres tipos de personas y la cuestión es hacernos conscientes de que la compasión que queremos cultivar es hacia todos y entre estas personas, algunas nos ayudan y benefician, otras nos dañan y muchas otras nos resultan indiferentes.

Porque a veces es muy fácil: nos fijamos en la guerra, en los inmigrantes, en la gente que huye de su casa para refugiarse en otro país… Cuando nos fijamos sólo en eso es muy fácil sentir compasión. Cuando vemos un documental de gente sin techo, viviendo en la miseria, es muy fácil sentir compasión. Cuando la mente se enfoca en los sufrimientos más vívidos, los que se ven más, el hambre, la miseria, el maltrato, la violencia, la enfermedad… Es muy fácil sentir “quiero ayudar”. Pero en nuestro día a día, cuando me encuentro con la persona, incluso si es una de estas personas que es un refugiado y siento mucha compasión cuando oigo hablar de él en las noticias – si me encuentro con esta persona y descubro que, por ejemplo, es un maltratador, es muy difícil tener compasión.

Uno de los puntos ciegos de la compasión es que cuando la cultivamos, la mente se va a lo que es fácil: sentir compasión por un enfermo o por una persona que está en la miseria. Creemos que estamos siendo compasivos, que estamos trabajando la compasión, y hay algo falso ahí. Tenemos que hacer consciente, para empezar, hacia quién va dirigida Me voy a encontrar con alguien algún día que me va a hacer daño porque sí, no porque yo haya hecho nada malo, sino porque en su mente yo soy el enemigo. ¿Cómo tener compasión con esta persona? ¿Puedo sostener el compromiso de compasión, mi decisión? Ese es el reto, por eso la compasión es un proceso que continua y es cada vez más abierto. Hay situaciones con personas que ni siquiera podemos imaginar, que no hemos vivido nunca, y en esas situaciones queremos ser capaces de llegar a sentir compasión, ser capaces de querer ayudar a esa persona a que no sufra.

Aquí hay algo que he dicho varias veces que es muy interesante: cuando trabajamos la sabiduría hay un momento en que despiertas, te libras de la ofuscación, despiertas del sueño; ves que el yo es una ilusión, que todo es interdependencia, y ya está, el camino ha terminado, no hay nada más que hacer. Sin embargo el proceso de la compasión no termina nunca, continuamente hay más y más matices a la hora de aliviar el dolor del mundo, más y más complejidad que resolver. Si me pregunto cómo voy a poder tener compasión, si me encuentro con esas situaciones difíciles, cómo cuando me encuentro con alguien a quien le caigo mal simplemente porque pensamos diferente. ¿Cómo voy a sentir compasión cuando veo que esta persona me odia y me rechaza? ¿Cómo voy a tener compasión por alguien así?

Aquí la primera práctica que hacemos para poder ablandar el conflicto, para poder suavizarlo, es la ecuanimidad.

La cuestión principal es saber modificar la atención, la ecuanimidad viene de una forma de enfocarse en los demás. Si no soy capaz de hacer eso, no voy a poder llegar a la compasión.

Si veo a alguien y me fijo en que lo único que quiere es manipularme y utilizarme, no voy a poder sentir compasión. Pero si me fijo de otra forma, en otro aspecto, si tengo una atención diferente, ahí es posible que surja la compasión. El secreto de la compasión es en qué me fijo de los demás, saber tener la suficiente habilidad para fijarse en otra cosa.

Esto es muy importante y muy difícil, si una persona que está delante de todo el mundo te está calumniando, está diciendo mentiras sobre ti, y te está haciendo quedar como lo peor del mundo, ¿dónde se va la atención? Se va a lo ruin y perversa que es, al daño que me está haciendo incluso públicamente. La atención se va a eso, es lo natural. Entonces, ¿qué siento? Siento ira, miedo, dolor, odio, lo que sea.

Lo que queremos conseguir y saber es, si yo sigo enfocándome en eso que la persona hace y en lo maligna que es, no avanzo en la compasión, ni en el amor, ni en el perdón. Me quedo atrapado en mi reacción de ira, de rencor. Por consiguiente, lo que hago es  intentar sacar la atención de ahí, que está muy apegada, muy enganchada. Cuando alguien me ha hecho daño y me quedo pillado, intento quitar la atención de ahí y llevarla a otra cosa. Ahora bien, eso en lo que me fijo tiene que tener suficiente relevancia e  importancia para que tenga poder.

Así pues, la práctica de la ecuanimidad es esta. ¿En qué me fijo? En algo muy simple: esta persona es un ser humano. ¿Y qué significa que es un ser humano? Que es igual que yo. ¿Y qué significa que es igual que yo? Que igual que yo, quiere ser feliz, igual que yo, no quiere sufrir, igual que yo, aunque quiere ser feliz se encuentra con frustraciones, miedos, vacío, pérdidas, enfermedad, vejez, muerte. Igual que yo, aunque quiere ser feliz, se encuentra con momentos de insatisfacción, frustración, dolor. Llevo la atención a que somos iguales.

Entonces el objeto donde pongo la atención es muy fácil de ver, es bastante fácil. Lo que es muy difícil y nos cuesta mucho es ese movimiento de sacar la atención de ahí. Me fijo en que esa persona es perversa, maligna, me está calumniando y saber sacar la atención de ahí y enfocarse en lo otro, eso es lo que nos cuesta mucho y ese es todo el reto de la compasión, esa flexibilidad, ser capaz de mover la atención en otro sitio. ¿Por qué es muy difícil? Porque no quiero, yo no quiero ver que esa persona es humana, quiero ver que es perversa y que hay que destruirla lo antes posible.

Nos entrenamos, hay este entrenamiento para hacer la mente y la atención flexible, para sacar la atención y ponerla una y otra vez en otro sitio que nos interesa. Hay un entrenamiento: hacer la mente blanda.

Los que lleváis un tiempo meditando habéis visto que una de las cosas más importantes de la práctica de la meditación es esa capacidad de salir de un estado mental y entrar en otro. Esa capacidad de sacar la atención fácilmente de un sitio y ponerla en otro, esa es la práctica de la meditación. No es la meditación en sí, si un día meditas en el amor, otro día en la vacuidad, eso es secundario. Lo realmente importante es esa capacidad de sacar la atención de donde está enganchada.

Esto es lo que antes veíamos cuando Buda decía que el sufrimiento es similar a un perro atado a una estaca; es esto, suelta la atención que está enganchada a que esa persona es perversa, maligna, que no te quiere, que le caes mal, que te ha hecho daño, suelta de ahí la atención, suelta al estaca a la que estás atado y que te hace sufrir, y enfócate en otra cosa que libera.

Hay mucho que enfocar en los demás, pero la primera cosa, la más básica, es que somos iguales. Empezamos practicando ecuanimidad. Esa persona es igual que yo. Cuando te encuentras con una persona realmente dañina, una buena forma de pensar es:  ¿qué podría haberme pasado a mí, cómo podría haber sido mi vida para ser igual que esta persona? ¿Qué podía haberme ocurrido? Imagínate que tú has tenido una madre egoísta, que no te ha querido nunca, que te utiliza continuamente, que siempre te está engañando, que se aprovecha todo lo que puede de ti. ¿Cómo crees que sería tu psicología, tu carácter o tu forma de estar en la vida? ¿Con esa experiencia cómo crees que te relacionarías con los demás, con una madre o un padre así? Si pienso cosas así, eso me ayuda a soltar.


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