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Conocer lo Primordial

Conocer lo Primordial

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Esta Naturaleza Primordial es la esencia de todo lo que existe, es lo que somos y lo que son todos los objetos con los que nos relacionamos. Es aquello de lo que todo está formado. No puede expresarse ni definirse. Cualquier concepto acerca de ella solo lleva a la confusión y nos conduce a distraernos de ella. No debería hablarse de ella pero evitar hacerlo es emplazarla en lo inexistente. De modo que no tenemos más remedio que expresarla a sabiendas de lo inoportuno de mencionarla.
Al decir esto es habitual creer que se trata de algo profundo e inalcanzable, y que requiere poseer unas cualidades extraordinarias para conocerla. Esta es la limitación de la mente, nos lleva a extraer conclusiones sin base alguna. La cuestión es que lo inexpresable no implica imposible ni oculto.
Lo paradójico de esta Naturaleza esencial  es que está a la vista de cualquiera. Se encuentra al alcance de todos. Es lo primordial en las vivencias que tenemos, en cada persona con la que nos encontramos y en cada objeto que usamos. Está presente en cada experiencia y pasa desapercibida.
La dificultad de apreciarla viene de la mente. Los pensamientos, ideas, conceptos y demás procesos mentales envuelven las experiencias de una fina capa de ilusión que nos impide ver la naturaleza real de las cosas. Todo está cubierto de velos de conceptos, nada se nos presenta desnudo. Para llegar a conocerlo el fenómeno previamente ha sido filtrado, procesado y etiquetado por la mente. Sin la intervención del pensamiento los objetos nos resultan ajenos, vacíos y despojados de significado. Pero es justamente la intrusión del pensamiento lo que imposibilita apreciar la verdad que contienen.
Necesitamos la mente, necesitamos la capacidad de discriminar, clasificar, denominar y definir las cosas. Necesitamos saber lo que es bueno y malo, distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, diferenciar lo beneficioso de lo perjudicial, etc. Pero la misma utilidad de la mente contiene el engaño que hace imposible apreciar la naturaleza final de la existencia. Los pensamientos velan la naturaleza de la realidad.
 Conocer la naturaleza primordial no modifica nada, pero lo cambia todo. Podría decirse que uno deja de sufrir pero lo que en realidad sucede es que el  sufrimiento se vive de otro modo. Se dice que la persona que conoce esta verdad es más libre, aunque en realidad la persona condicionada deja de existir. A menudo lo expresamos diciendo que alcanzamos la plenitud pero siendo realistas lo que se abandona son las limitaciones  y carencias del individuo. También oímos que se halla la serenidad pero lo cierto es que el ruido de ser persona se apaga. Otras veces se menciona que logramos vivir en paz pero lo que sucede es que la agitación mental deja de ser relevante. Se habla de lograr el nirvana, pero es el samsara lo que deja de parecer verdad.
No hay ningún motivo razonable para querer conocer la naturaleza primordial. Al final, lo único que nos mueve es una necesidad de verdad, el impulso irrefrenable por conocer la realidad, la urgencia a que nos somete la infelicidad que nos persigue.
El contacto ineludible  con el sufrimiento, el anhelo de vivir de otro modo, la intuición de algo más auténtico, son factores de detonan la motivación de conocer lo primordial.
Es evidente que la gran mayoría no tiene ningún interés en conocer la realidad. Muchas personas no pueden captar ni intuir otra cosa que lo que se puede tocar. Para otros pensar en otra realidad es sinónimo de falta de control. Gran parte de la gente no tiene tiempo para detenerse. Hay quienes necesitan defender lo suyo y ver más allá resulta desconcertante. También hay los que hacen del más allá un buen negocio y hay quienes usan esto como excusa para negar toda trascendencia.
No es fácil que suceda, poca gente tiene la sensibilidad. Sólo algunos han sido tocados por esa gracia. La historia de la humanidad apenas cuenta con un reducido grupo de privilegiados. Pero, como antes decíamos no es porque sea difícil o profundo sino por el poder magnético de la mente. La mente nos atrapa y resulta contagiosa, las personas nos contagiamos unos a otros. Al final, ver más allá de la mente despierta suspicacias y resulta socialmente incorrecto.
El Van Gogh de la meditación 
Los seres humanos admiramos la perfección, la buscamos y creemos en ella. A veces en las artes parece alcanzarse. Ocasionalmente aparece un genio, alguien que se trasciende a sí mismo y su época, y realiza algo extraordinario. Ha habido grandes genios como Vincent Van Gogh, Johan Sebastian Bach, Leonardo Da Vinci, etc., y nos atrae ser como ellos. Por ejemplo, si nos dedicamos a la pintura anhelamos secretamente llegar a lo más alto, a ser una especie de Van Gogh, Picasso o quien sea. Anhelamos la perfección. Sin embargo, un día nos damos cuenta de que por mucho que lo intentemos la genialidad no está a nuestro alcance, por mucha disciplina, dedicación y esfuerzo que le dediquemos no depende de nosotros. Podemos dominar la técnica pero no podemos alcanzar la genialidad.Descubrimos que ser un Van Gogh es también un golpe de gracia, una predisposición innata que no podemos provocar.
En el camino espiritual nos sucede lo mismo. Queremos llegar a lo más elevado, queremos ser el meditador perfecto, el yogui perfecto, el buda perfecto. Meditamos, hacemos prácticas diversas y nos adiestramos con la esperanza de eliminar todos los defectos, acabar con los errores y convertirnos en individuos extraordinarios… Hasta que un día nos topamos con la cruda verdad de que la genialidad de Buda o de Lao Tse  no está en nuestras manos. Puede que entonces nos desencantemos y lo dejemos todo o puede que sigamos en el camino con la esperanza de que algo cambie.
Lo que no entendemos, el gran error que mucha gente comete es asimilar la perfección con la Naturaleza Primordial. Confundimos llegar a dominar una técnica y alcanzar unos estados mentales con el reconocimiento de lo esencial.
Está demostrado que a través de la meditación y los ejercicios espirituales se pueden alcanzar estados extraordinarios y pueden llegar a desarrollarse capacidades humanas insospechadas. Algunas personas bien dotadas, los genios del mundo espiritual, como un genio de la pintura o de la música, pueden realizar hazañas que muy pocas personas alcanzan. Ser un genio es  el resultado de la confluencia de múltiples factores; nadie puede trabajarse para convertirse en uno y nadie lo elige. Sin embargo algunas personas lo son.
Ahora bien, esa genialidad, esas capacidades extraordinarias nada tienen que ver con nuestro ser esencial. Dicho claramente, no es preciso ser un meditadores perfectos para reconocer lo que somos, no es preciso dominar las técnicas espirituales con absoluta precisión o vivir estados de conciencia extraordinarios para despertar a la naturaleza primordial.
Confundir estados espirituales con liberación ha sido uno de los errores más frecuentes entre quienes se adentran en el camino interior. La creencia de que primero hay que perfeccionarse para luego descubrir lo esencial es otro de los obstáculos que nos impiden reconocer nuestro ser.
Lo que somos está a plena vista, en cada experiencia. Todo lo que sucede en este momento, lo que estamos viendo, oyendo, tocando, sintiendo, todo esto está mostrando nuestra esencia más profunda.
 Incluso este estado mental ordinario, lleno de pensamientos corrientes, imágenes y emociones está desvelando lo esencial. Si pensamos que necesitamos previamente alcanzar un estado elevado y perfecto, pasamos por alto lo que está sucediendo ahora y lo inconcebible pasa desapercibido. Este momento es una puerta a lo primordial, la única puerta, si lo ignoramos estamos perdiendo la oportunidad de encontrar la paz que buscamos.
  Es magnifico que haya personas con cualidades extraordinarias que les permiten conocer estados sublimes y profundamente espirituales, como es estupendo que haya existido un Mozart o un Einstein. Pero es preciso acabar con este malentendido. La naturaleza primordial y la transcendencia del sufrimiento están al alcance de todos, no tenemos que ser genios ni alcanzar la perfección. Todos los estados, sentimientos y percepciones forman parte de la verdad que somos, la perfección y la imperfección, lo bueno y lo malo, el mundo espiritual y el mundo material son todo diferentes versiones de lo primordial. No necesitamos ser especiales ni superdotados para despertar del sueño mental en que estamos inmersos.
  Muchas personas buscan la perfección y estados sublimes. Algunos lo logran aunque la mayoría sólo alcanzan a dominar las técnicas con precisión. No hay nada malo en ello. Pero nada tiene que ver con la transcendencia del sufrimiento y el logro de la plenitud. Ser plenamente humano, vivir la experiencia presente con la máxima lucidez, sea cual sea esta experiencia, es el camino a la naturaleza primordial.
  Mucha gente dice que no le interesa la espiritualidad. Esta expresión  solo viene de no comprender cómo son las cosas. Desde fuera, es decir, desde el razonamiento y la lógica, puede parecer verdad, pero cuando entramos en el proceso espiritual vemos que todo es espiritual, que todas las personas somos profundamente espirituales, que la condición humana no existe separada de lo transcendente. Lo espiritual no son los estados que algunas personas pueden cultivar y desarrollar, sino lo que verdaderamente somos, la conciencia ligada a la experiencia, la lucidez con que vivimos la cosas. Somos un trozo de vida; antes que individuos  que interpretan roles y personajes somos la vida misma, cada uno una variación diferente de la misma sinfonía.

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