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¿Cuánto vale tu vida?

¿Cuánto vale tu vida?

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Hay algo muy ambicioso en el camino de la meditación, queremos hacer que nuestra vida tenga un valor incalculable. Pretendemos desplegar todo el potencial contenido en la existencia que somos. En términos más concretos queremos evolucionar al máximo y alcanzar la mayor lucidez posible.

Este planteamiento indica una forma particular de vernos en la vida. Primero nos reconocemos de un modo sumamente positivo y luego señala una actitud activa en que nos hacemos cargo de lo que tenemos entre manos.  En lugar de esperar pasivamente a que nos sucedan cosas, tomamos la energía vital y la empleamos en evolucionar y despertar.

Para conseguir esto una de las primeras reflexiones de este camino es hacernos conscientes de la oportunidad que nos ofrece haber nacido. Expresarlo con la palabra oportunidad es muy importante, pues no se trata tan solo de reconocer el milagro de estar vivo o lo maravilloso y sagrado de la vida en sí misma, sino de consumar algo que sólo es una posibilidad. Es decir, de un potencial por desarrollar y un camino a recorrer para que suceda. En este sentido, aunque, obviamente, la vida es valiosa en sí misma queremos hacer que todavía lo sea más. Buscamos hacer lo mejor de ella.

Para tomar esta perspectiva podemos empezar poniendo en contexto la vida humana en relación con otras formas de vida. Hay cientos de miles de criaturas y seres en el mundo; en el momento que  nacimos estaban naciendo millones de insectos, larvas y demás, había muchas más posibilidades de nacer así, sin embargo nos tocó nacer como un tipo de ser con cierta inteligencia y libertad, con una capacidad clara de crear y aprender, y con una lucidez especial. Hemos nacido con una gran ventaja sobre la mayoría de los demás seres vivos. Si nos hacemos conscientes de esto, queremos usar nuestras capacidades especiales que otros no tienen de la mejor forma posible. Sin embargo, tenemos un grave problema, esa misma capacidad nos puede llevar a crear una vida considerablemente desgraciada, muchísimo mayor que la de cualquier otro ser vivo. Si no sabemos encauzarla nos convertimos en nuestro peor enemigo.

Como sabemos, se cree que el universo se formó hace unos 13.500 millones de años. Pero la vida apareció muchísimos millones de años más tarde – hace unos 4.000 millones de años – y aún más, la vida compleja y lúcida de un ser humano sólo empezó a iniciarse hace seis millones de años con los primeros homínidos. Han ocurrido millones de procesos y muchísimo tiempo para que se produjera un ser humano. Los Homo sapiens empezamos a existir  sólo hace unos trescientos mil años. Si lo pensamos, de haber nacido hace diez millones de años, por ejemplo,  solo hubiéramos tenido la posibilidad de ser una bacteria, algún tipo de lagarto o algo similar; pero nunca un ser humano con las capacidades que tenemos.

Entonces, desde este punto de vista, si somos conscientes del privilegio de haber nacido con esta ventaja, lo coherente sería hacernos responsables de usar la vida de un modo diferente a la mayoría de las criaturas. Sin embargo, en este punto clave está la dificultad. No tenemos suficiente perspectiva para vernos así, sentimos la vida como algo en lo que estamos inmersos y no nos damos cuenta de otras dimensiones.

A menudo, la vida se convierte en poner energía para obtener bienestar y protección, y evitar a toda costa el sufrimiento, la inseguridad y la incertidumbre. En lugar de orientarnos a despertar nuestro potencial nos movemos por los impulsos básicos de búsqueda de placer y huida del dolor. Actuando así no somos muy distintos de los animales, o dicho de otro modo, para eso no hubiera sido necesario que el proceso evolutivo produjera seres humanos.

Queremos llegar muy lejos, y para ello es preciso sentir profundamente lo valiosa que puede llegar a ser la vida y la posibilidad que uno tiene de conseguirlo. Es un tipo de sensibilidad que nos llevar a captar con claridad el privilegio que tenemos y la exigencia que se nos demanda.

Es bien conocida la ingente la cantidad de problemas psicológicos que existen hoy en día. Pero lo verdaderamente preocupante son los motivos que la gente da para explicar sus estados. Todos indican una visión sumamente reducida de lo que significa estar vivo. Frases como “Las cosas no salen como yo quiero” “Me siento solo”, “No tengo el trabajo que quiero”, “Me han abandonado”, “No valgo nada”, “Me van a rechazar”, “He perdido lo que más quiero”, etc. indican lo alejados que estamos de nuestro potencial.  Es muy fácil olvidarse del verdadero propósito de la vida y desconectarse de uno mismo. Nos quedamos atrapados en el mundo de nuestro deseos, ideales y quimeras, y cuando las cosas no salen como esperamos nos hundimos.

La vida tiene otra dimensión que es imprescindible reconocer. Para poder llegar lejos es preciso creer en uno mismo, y verse de otra manera. En lugar de percibirse como una persona llena de necesidades e inseguridades, reconocerse como alguien capaz de trascender y despertar.

Ahora bien, no se trata de creer en esto sino de contactar con uno mismo. Sin duda para la mayoría de las personas empieza siendo un acto de fe. Para muchos, esta comprensión comienza cuando se cruzan con un mentor que les dice lo valiosos que son. “No pongas límites a lo que puedas llegar a conseguir, no importa cómo haya ido tu vida hasta ahora”, decía mi maestro tibetano Lama Yeshe. Llenos de ofuscación e incapaces de escucharnos a nosotros mismos, empezamos teniendo fe en los maestros. Gracias a eso empezamos a avanzar y salir de la nube de pensamientos falsos que nos ciega.

La necesidad de hacer valiosa la vida nos acompaña todo el proceso. De manera que no buscamos estar bien, ni siquiera ser felices o tener paz. Perseguimos alcanzar un valor incalculable como seres vivos. Estamos llenos de autoengaños, prejuicios y distorsiones, llenos de tendencias emocionales nocivas y pensamientos tóxicos. Tener fe en nuestro potencial y emprender la tarea de emplear cada minuto de la vida en avanzar nos lleva a eludir la influencia negativa de nuestra mente.

Todos hemos tenido momentos de mucha claridad, o mucho amor, momentos de conexión, momentos de una profunda paz, momentos de apreciar la belleza, momentos de lucidez y comprensión. Para la mayoría de nosotros han sido breves y fugaces, pero esos momentos señalan nuestro potencial. Podríamos asegurar que son vislumbres de  nuestro futuro, de lo que podemos llegar a ser y vivenciar. Escuchar esos momentos y entenderlos como mensajes del potencial que encerramos es lo que nos ayuda a desplegarlo y hacerlo real.

Esta perspectiva, esta visión del valor que puede alcanzar la vida,  deja de lado la búsqueda de la felicidad y el placer, pero sobre todo relega a algo secundario la huida del sufrimiento. “No te des importancia a ti mismo, dale importancia a la vida, dale importancia a Dios”, dijo un santo cristiano. Los problemas de la vida, las frustraciones y los momentos de indefensión y fracaso dejan de tener importancia y empiezan a utilizarse como combustible para estar más despierto, para ser más consciente, para vivir más cualidades. Todo lo que sucede es un ingrediente para despertar, nada se desecha.

¿Cómo apreciar el valor que puede alcanzar la vida? ¿Cómo sentir el coraje a evolucionar y despertar? ¿Cómo aprovechar la vida al máximo? En realidad la respuesta es muy simple pero muy difícil para la mayoría de nosotros. Es simple porque sólo tenemos que conectar con nosotros mismos. En cada persona hay un impulso a ser más consciente, a ser más amoroso y compasivo, a tener más lucidez y claridad. Hay un anhelo de poseer cualidades, de ser virtuoso, de tener paciencia, de ser justo, de ser amable, de saber perdonar, de dar con generosidad, de ser ecuánime, de ser sabio y humilde, de poder ayudar, de aprender y evolucionar, etc. Está en nosotros, no requiere adquirirlo ni desarrollarlo, en el budismo se llama la Naturaleza de Buda, pero todas las tradiciones espirituales lo reconocen con distintos nombres.

Sin embargo, es muy difícil porque vivimos separados de nosotros, vivimos encapsulados en un mundo de prejuicios, opiniones, ideas y conceptos, estamos secuestrados por nuestra mente a la que rendimos pleitesía. Nos ata nuestra búsqueda de control y seguridad, nuestra búsqueda de reconocimiento y nuestra necesidad de autonomía. Nos ata nuestra mente y nuestras tendencias.

Empezar a evolucionar depende de creer en nosotros mismos, y para hacerlo tenemos que dejar a un lado todas las ideas preconcebidas que nos traban. Solo desde la intuición y el reconocimiento de esos momentos más despiertos que hemos vivido, y también ser testigos de otras personas más evolucionadas, puede ayudarnos a creer en el potencial que tiene la vida y asumir el compromiso de aprovecharlo.

Antes de terminar de leer este artículo y pasar a otra cosa, detente un momento. Dedica sólo unos minutos de tu tiempo a indagar. Intenta ser sincera/o y honesta/o, no tienes que demostrarle nada a nadie, es algo privado, íntimo. Contempla:

  • ¿Qué es lo más importante para mí en la vida?
  • ¿Qué es lo que realmente quiero?
  • ¿En qué lugar de mis valores pongo llegar a ser mejor persona?
  • ¿En qué lugar pongo estar más despierta/o y desarrollar sabiduría?
  • ¿Hasta qué punto quiero evolucionar y ser más consciente?
  • ¿Es mi deseo de ser más consciente más importante que nada en el mundo, o es una de las muchas opciones que tengo?

Cuando tengas las respuestas (y recuerda que todas las respuestas son correctas, no tienes que ser de ninguna manera), analiza:

  • ¿Mi vida, mi forma de vivir, refleja mis valores y lo que es más importante para mí?
  • Ahora busca ser consecuente contigo misma/o y aprovechar el privilegio que te ofrece estar viva/o.

Juan Manzanera


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