La felicidad de los otros

  Juan Manzanera

 

    Era un pequeño pueblo aislado en las montañas. En él vivían unos pocos vecinos y cada cual tenía sus propios quehaceres. La vida no era fácil allí pero cada uno había conseguido encontrar la felicidad a su manera. Para uno la felicidad eran los amaneceres, para otro los días de lluvia, para un tercero, el nacimiento de una de sus cabras. Había quién era feliz cuando podía echarse a dormir todo el día, y quien su felicidad consistía en aprender de los libros que algún comerciante ocasionalmente traía. Había uno que era feliz contemplando el silencio, y otro que era feliz viendo cómo se desarrollaba la aldea. Pero entre todos ellos había una anciana siempre sonriente que irradiaba paz y serenidad; su felicidad era distinta y especial. Aunque se conocían unos a otros, nadie había podido conseguir su secreto. Un día, ya cerca de su muerte, la anciana quiso que se reunieran todos. Les habló de la aldea, les hizo una narración de su vida como despedida, y les explicó el secreto de su felicidad. -Me hacía feliz el veros felices. He sido feliz cuando cada uno de vosotros lo habéis sido, de modo que siempre ha tenido motivos para serlo. Siempre había alguno de vosotros que tenía lo que le hacía feliz, de modo que nunca quedaba espacio para no sentirme dichosa. Esta historia describe la práctica del regocijo. Cuando lo pensamos resulta sorprendentemente obvio, si somos felices cuando los demás lo son, nos sentiremos mucho mejor. Mientras haya más personas habrá más posibilidades de sentirse feliz, es decir, podremos extraer la felicidad de más sitios. Cuando nos preocupamos de nuestros propios logros y metas sólo podemos ser felices de lo que haga o tenga una persona, uno mismo. Pero al pensar en los demás, existen más ocasiones de hallar algo que nos haga feliz. Ahora, a pesar de lo evidente de estos argumentos, no es fácil sentirnos felices cuando las cosas les van bien a los demás. La razón más inmediata es que no nos produce ningún beneficio sensorial inmediato. Sólo nos alegra lo que nos beneficia y nos favorece directamente. Esto es una consecuencia de la identidad que nos hemos formado. Desde que nacemos, nos identificamos con el organismo y toda la existencia está volcada a la supervivencia biológica; nuestros intereses, motivaciones y procesos mentales se van desarrollando con el fin de mantenernos vivos y capaces de hacer frente a los distintos retos que nos impone la existencia. De modo que preocuparse por la propia felicidad es la única manera de sobrevivir, y por el contrario pensar en los demás es arriesgarse al exterminio. El cuerpo humano está programado genéticamente para percibir los peligros y las fuentes de felicidad y beneficio. No necesitamos aprenderlo ni desarrollar la mente para ello. Ciertas personas tienen una carga genética más apta y consiguen posiciones mejores, otras fracasan y las diferentes situaciones acaban por hacerles sucumbir. Pero, todos estamos identificados con nuestro organismo biológico y por tanto sometidos a sus leyes. No obstante, plantearse una vida más satisfactoria y plena nos exige cambiar todo esto. La transformación espiritual es fundamentalmente una ruptura con la identificación biológica y un trascender los condicionamientos genéticos. Se diría que todas las prácticas espirituales nos llevan a despertar otra parte de la existencia que complementa la realidad del cuerpo. Siendo esto así, lo interesante y valioso de alegrarse de la felicidad de los demás es que hay que reflexionar, analizar y ampliar la visión mental. Hay que encontrar una dimensión interior nueva y diferente que no se rija exclusivamente por la satisfacción sensorial inmediata. El valor de este proceder es que nos fuerza a conectarnos con algo más profundo en nosotros que trasciende la personalidad biológica en que estamos encapsulados. A menudo esta actitud, también llamada regocijo, se postula como un modo para contrarrestar la envidia. Sin embargo, tal vez sea mucho más efectiva la gratitud. Si analizamos a cualquier persona envidiosa descubriremos a alguien con sentimientos de insatisfacción y desvalorización personal, alguien que siente que no merece o que se percibe inferior a los demás. Esto hace del envidioso alguien que no valora lo que recibe ni reconoce lo que tiene. Su vida es un constante compararse porque se siente defectuoso por dentro. A un envidioso no le puedes pedir que se alegre de la felicidad de los demás pues no sabe lo que eso significa porque ni siquiera puede alegrarse de su propia felicidad. El mejor remedio para alguien así es que descubra todo lo que ha recibido de los demás a lo largo de su vida y conciba un estado de gratitud; al poner conciencia en todo lo que le dan los demás en cada instante de su vida puede despertar agradecimiento y un sentimiento de abundancia en su vida, y dejar de sentirse defectuoso o inferior. Meditaciones como las que llevan a reconocer la bondad de los demás y a desear corresponderles pueden resultar mucho más efectivas y afrontan más directamente su problema. Además de esto, quizás un buen complemento es comprometerse activamente. Tomar la determinación e inclinarse a desarrollar las cualidades para conseguir todo aquello de que carece. Es decir, en lugar de quedarse pasivo ante lo que falta y que tienen los demás, realizar todas las acciones necesarias para conseguirlo. La acción suele resultar una buena manera de despejar la mente de estados contaminados. Para ser capaces de hacerlo con un propósito así, se requiere una gran fe en el valor de la vida humana y una buena comprensión de la naturaleza de la conciencia. Es preciso entender cómo todo tiene su origen en la mente. Alegrarse de la felicidad de los demás es una manera de crecer, de no quedarse cegado por las propias creaciones mentales. Es mirar a los demás de otra manera, es dejar el egocentrismo y dejar de ver a los demás para obtener algo, es renunciar a la imagen pobre y desvalida de uno mismo para adoptar una presencia valiente. Es atreverse a sentir a los demás como seres que sufren y desean ser felices; y atreverse a reconocer que la felicidad es posible. Regocijarse cuando los demás son felices es una puerta que nos deja salir de nuestro pequeño mundo limitado y repetitivo de obsesiones, miedos e infelicidades. Una buena práctica para avanzar espiritualmente es encontrar las cualidades emocionales, mentales y espirituales de los demás y sentir gozo al percibirlas. Alegrarse profundamente de que eso existe y la mente humana las puede conseguir. Es una de las puertas que necesitamos para salir de nuestro confinamiento. Si nuestro problema es la ira, una buen recurso es encontrar a gente que no se enfada y sentir alegría por ellos. Sentir alegría de que viven con la paz y serenidad de no tener enfado, y por tanto están libres de los problemas físicos, tensiones y alteraciones propias del enfado. Si lo que nos domina es la insatisfacción buscamos a alguien en contentamiento y sentimos alegría porque vive con esa quietud interna que tenemos cuando no hay apegos, ni la ansiedad, vacío, frustraciones, pérdidas y demás consecuencias nocivas de ello. Si estamos sometidos a la ofuscación e ignorancia, sentimos regocijo en especial hacia quienes viven en lucidez y sabiduría, al verles liberados de los errores, complicaciones y desequilibrios propios de la ignorancia. De este modo las emociones negativas no nos atrapan y recobramos la libertad. Alegrarse es un modo de aumentar nuestro acervo de tendencias positivas, pero fundamentalmente una manera de ser más feliz. Recuerdo que un día me crucé con el Lama Yeshe, yo no me encontraba muy animado que digamos. El se dirigió a mí con su estilo penetrante y sutil. No me habló de hacer meditación o ser más aplicado, sólo dijo: "Trata de ser feliz, si tú eres feliz, yo lo soy también".