Meditación: Algo a saber

Juan Manzanera

 

La cuestión fundamental es cuánto quieres ser feliz. Es decir, dónde sitúas la felicidad en tu escala de valores. Para muchos el prestigio, las relaciones, la adquisición de patrimonio, etc., es más importante que nada, y la felicidad ocupa un tercer o cuarto puesto en su escala. Lo que nos contamos es que todo aquello es para ser feliz, pero basta con echar una mirada a la vida que llevamos para encontrar que a menudo sacrificamos la felicidad por cosas como un poco de reconocimiento, de afecto o incluso de bienes materiales.

      La meditación cobra verdadero sentido cuando tenemos como primacía la felicidad genuina y atemporal. Es decir, cuando creemos que es posible un estado de bienestar que no está condicionado por las circunstancias y situaciones cotidianas. Dicho de otro modo, consideramos que la felicidad interior es lo más importante. Esto significa que el camino de la meditación nos va a demandar una entrega absoluta a la búsqueda de la auténtica felicidad.

      El meollo de todo esto reside en que la filosofía de la meditación revela que la felicidad está en conocer la verdad. Así, la paz interior es la consecuencia de vivir desde la verdad que uno es. Por consiguiente, cuando meditamos el reto fundamental que se nos presenta es estar dispuesto a desprenderse de todo lo falso. La meditación nos cuestiona una y otra vez si estamos dispuestos a desprendernos de nuestras convicciones, fines, intereses, aspiraciones, etc., a cambio de la verdad.

 

Motivación

      La primera cosa antes de empezar a meditar es analizar los motivos e intenciones que tenemos al sentarnos a hacerlo. Las consecuencias de la práctica están directamente relacionadas con la motivación que tenemos al realizarla. No importa lo profunda y sublime que sea una meditación, sin la motivación adecuada puede convertirse en tan sólo un modo de pasar un rato agradable. Es primordial que sepamos que los efectos y transformaciones no provienen del ejercicio en sí sino de la motivación.

      Por tanto, una vez nos sentamos necesitamos preguntarnos, ¿para qué voy a meditar? Hay muchas diferentes motivaciones, desde una necesidad de parar hasta el deseo de desarrollarse, pasando por la búsqueda de trascendencia o el deseo de espiritualidad. La cuestión es que la mayoría de nuestras motivaciones provienen de creencias aprendidas, deseos y necesidades narcisistas, miedos y sentimientos de inseguridad, etc. Es decir, la mayoría de nuestras motivaciones están enraizadas en la imagen que tenemos de nosotros mismos y en nuestro sentimiento de identidad. Esto no debería ser ningún problema, si no fuera porque esta identidad es el obstáculo principal a la felicidad que hemos decidido encontrar. Y no solo eso sino que además esta identidad es sólo una imagen artificial y desprovista de contenido sin ninguna realidad intrínseca; esta identidad no es la verdad.

      De modo que nos creemos ser alguien y nos ponemos a hacer meditación con el fin de descubrir la felicidad para ese alguien que no existe. Visto así, estamos en un dilema que no es fácil de resolver. Por una parte, buscamos una felicidad genuina y por otra, quien la busca es una mera imagen mental. Ante esta paradoja, la tendencia de algunos principiantes es no hacer nada. La idea que se cuentan es que si no hago nada, no hay ego. El problema de esa solución es que evitar la presencia del ego, (o la identidad falsa) no sirve para erradicarlo ni despierta la conciencia y mucho menos acarrea la felicidad auténtica y atemporal. Muchas veces dedicamos todo nuestro esfuerzo a buscar un estado en que no se siente ser alguien. Hemos aprendido lo que otros nos han dicho, a saber que el sentimiento de identidad es el problema y entonces pensamos que la práctica espiritual debe ser dejar de sentir el ego. Es un esfuerzo inútil y absurdo. Por mucho que lo consigamos eso no resuelve nada. Es como si te duele una muela y gracias a tu poder mental consigues ignorar el dolor, está claro eso no resuelve la infección y que tendrás que hacer algo. Lo mismo sucede con el ego. Aunque se consiga dejar de sentir, todavía hay que hacer algo,  y lo que hay que hacer es descubrir su falta de entidad, su realidad ilusoria. Es imprescindible sentir el ego vacío de contenido. Vuelvo a insistir, no se trata de dejar de sentir el ego sino de sentirlo con la conciencia de que es una mera apariencia ilusoia.

 

La vía

      En resumen, no podemos actuar desde la imagen que tenemos de nosotros mismos ni podemos quedarnos con los brazos cruzados para evitar hacer algo desde el ego. Entonces, ¿qué se puede hacer? Aquí tenemos que decir que hay diferentes niveles de respuesta que dependen de la capacidad de conciencia de cada uno. No obstante, el primer paso para dar una solución óptima al dilema está íntimamente relacionado con la motivación.

      El motivo con el que te sientas a meditar puede ser el catalizador que desencadene el proceso de descondicionamiento individual.

      Entre todas las motivaciones, la que vaya más allá de nuestros intereses personales, tendrá ese efecto, de modo que tendrá que ser una motivación amplia y profunda; una motivación trascendente y realista. Muchos maestros espirituales del pasado buscaron esa motivación y encontraron por unanimidad que esa motivación es la bondad incondicional hacia los demás.

      Cuando nos sentamos a meditar por los demás, para que haya menos sufrimiento en el mundo, para que se manifieste en nosotros una presencia que alivie la infelicidad de quienes nos rodean, para traer paz y sabiduría, etc., estamos haciendo algo que nuestra identidad centrada en sí misma, no busca ni considera. Así, estamos trascendiendo nuestros impulsos narcisistas y ampliando la conciencia. Al focalizar nuestra atención en los demás estamos desbaratando los planes y movimientos de la identidad falsa, con lo cual empezamos a debilitarla y dejar de nutrirla.

      Al principio nos puede resultar fácil y atractiva la idea de meditar por los demás. Pero lo cierto es que cuando la práctica es continuada, el egocentrismo empieza a resentirse y la motivación altruista va convirtiéndose en  una mera fórmula aprendida y un ejercicio de “lo que es correcto”, en lugar de una vivencia profunda. De modo que es preciso mantener la alerta y sentir íntimamente el deseo de ser mejor personas para tener mayor capacidad de ayudar a los demás.

 

Verificación del progreso

      Algunas personas, intentan la práctica directa de meditar sin ego. Algo así como buscar una conciencia que desenmascara al ego desde el principio. Esto puede estar muy bien, pero en cualquier caso la prueba de que eso está funcionando es de nuevo el altruismo. Podemos trabajar la sabiduría pero entonces tenemos que volver a la bondad para comprobar dónde estamos realmente. Es decir, tenemos que ver si es igual de importante la felicidad de los demás que la nuestra, o la realización espiritual de los demás que la nuestra. Si no lo sentimos así, si no somos capaces de entregar nuestras realizaciones y estados trascendentes a los demás entonces nos estamos engañando. No estamos trabajando desde la verdad que somos.

      Justamente, la prueba de que estamos avanzando espiritualmente es el grado de altruismo y consideración por los demás.

      Así, la actitud generosa y abierta a los demás es al mismo tiempo la motivación inicial y la verificación de estar avanzando en el camino de la meditación. Se pueden usar otros métodos pero su resultado es incierto. La única garantía que tenemos para llegar a realizar lo que buscamos, estriba en cuánta bondad somos capaces de contener en nuestro interior.

      Si buscamos la felicidad genuina, hay un camino inequívoco, cuánto estamos dispuestos a desprendernos a cambio de ayudar a los demás.