Entre la autoestima y el egoísmo

Por Juan Manzanera

No dejan de sorprenderme algunos de mis alumnos – decía el Lama Yeshe cuando explicaba la práctica de Tara Chittamani–, están llenos de cualidades y dedicación y, sin embargo, se sienten incapaces y paralizados”. Lama como muchos otros maestros de otras culturas no occidentales se encontró con una de las características más peculiares y comunes de nuestra sociedad desarrollada, la falta de valoración personal. Algo, que ha llegado uno de los obstáculos más frecuentes en la práctica espiritual.

                Sentirse valioso y capaz es una parte vital del camino; en realidad, diría que es una condición necesaria, indispensable, ya que la práctica no consiste en esperar que una meditación o la repetición de un mantra haga algo por nosotros, ni que el lama o Buda haga algo por nosotros. No se basa en una actitud pasiva. Al contrario, cuando el maestro nos da una meditación nos está dando una herramienta de trabajo, algo que usar. Y somos nosotros quienes lo usamos. Es nuestra habilidad para utilizar la herramienta lo que nos hace avanzar. Como el escultor usa el cincel o el escritor la pluma, y es sólo su capacidad de manejar el instrumento lo que le permite generar su obra. Ahora, si nos fijamos bien, sólo si creemos en nosotros mismos seremos capaces de convertirnos en un buen artesano. Si nos desvalorizamos, si no creemos en nosotros mismos, permaneceremos en la mediocridad.

                Hace muchos años el Lama Zopa Rimpoché me encomendó la atención de una joven enferma. Entre las muchas instrucciones estaba llevarle una botella de agua que debía consagrar recitando el mantra de la compasión OM MANI PEME HUM. Yo estaba prácticamente en mis inicios, de modo que tenía serias dudas de mi capacidad de consagrar nada, y apenas seguí su sugerencia. Unos pocos meses después me encontré con el lama y me preguntó por el agua consagrada. Tuve que decirle que sólo lo había hecho un par de veces y entonces me di cuenta de mi poca confianza, sobretodo al ver el gesto de claro disgusto que el lama Zopa manifestó. Me sorprendió mucho, y todavía tardé un tiempo en comprender mis capacidades. Estaba claro que el lama creía más en mí que yo mismo.

Cuando un maestro nos da una práctica, cuando vamos a pedirle un consejo y nos da un mantra, está dándonos un instrumento para restaurar nuestro desequilibrio, físico o emocional. Está apuntando a nuestra valía y eficacia personal para sanar nuestra vida y alcanzar la plenitud. La meditación no hace nada por nosotros; al contrario, es una oportunidad para enfocar nuestras capacidades y se trata de tener la habilidad de extraer algo de ella. Es como poner en marcha un generador y luego, llevar la energía acumulada hacia donde se desea, lo esencial es que somos nosotros quienes lo hacemos.

                Ahora, en general, nuestro punto de partida suele distar mucho de un sentimiento de valor. Nuestra educación y cultura se apartan mucho de favorecerlo. El Dalai Lama, hablando con un grupo de científicos y psicólogos, comentaba que ese sentimiento de no estimarse no existía en la cultura tibetana. La complicación es que la ausencia de valoración personal ha desplazado este sentimiento al campo del egoísmo y a la generalización de que todo lo que tiene que ver con uno mismo es egoísmo. De modo que los practicantes espirituales nos encontramos con un trabajo extra, el de separar la valía personal del egoísmo. Por cierto, aprovecho esto para aclarar el malentendido que algunos traductores hemos colaborado a crear al traducir el interés egoísta (tib.: rang gces-par ‘dzinpa) con la palabra autoestima, la cual en los manuales de psicología occidental señala un rasgo de la personalidad en relación con el valor que un individuo atribuye a su persona; y que es necesario para la salud y equilibrio emocional.

                Así que, separar egoísmo de valoración personal es una tarea difícil sobre todo para alguien que no se estima a sí mismo. La frontera entre ambos parece establecerse en función de los demás. El egoísmo está directamente relacionado con el grado de desconsideración por los demás ante la consecución de nuestro objetivos personales. Es decir, mientras menos nos importe dañar a otros para conseguir nuestros propósitos y más lo hagamos, más egoístas somos. Por otra parte, la autoestima es específicamente un sentimiento referido a uno mismo, que incluye confianza frente a las dificultades, respeto a uno mismo y sentirse digno de felicidad.

Ahora bien, es de notar que en el budismo hinayana, el monje que sólo se preocupa de alcanzar su liberación, su nirvana, no es considerado egoísta. Es decir, buscar la propia felicidad olvidando y apartándose de los demás es una forma de práctica, y diría que tiene mucho que ver con la autoestima y el reconocimiento del valor de la vida, y con ello la determinación de no desperdiciar la oportunidad de haber nacido. Lo curioso de este concepto es que desde la mentalidad occidental, eso es egoísmo. Cuántas veces no se nos habrá acusado a los meditadores y monjes de insensibles y egocéntricos.

                Desde el camino espiritual, el egoísmo es otra cosa. Empieza al provocar intencionadamente daño a alguien y por consiguiente la palabra clave es dañar. Y todo daño es un obstáculo al despertar de la conciencia. Hacer daño es ser egoísta, mientras que valorarse uno mismo no es hacer daño a nadie ni ser egoísta.

                Pero, ¿qué tiene el hacer daño para ser un obstáculo? ¿qué pasa con dañar, hay un argumento que lo explique?. La respuesta es sencilla, y puede entreverse en el armazón del camino espiritual. El objetivo budista, tanto en el hinayana como en el mahayana, es acabar con el dolor. No puedes llegar a ese espacio sin sufrimiento creando daño, es una contradicción ya que todo es interdependiente. Causas y efectos se caracterizan por ser de la misma naturaleza, dolor crea dolor, parar el daño crea la cesación del sufrimiento.

                No obstante, podemos hablar de otros tipos de impedimentos espirituales relacionados con el egoísmo. En el mahayana avanzamos por medio de la práctica necesaria de la generosidad, la ética, y demás virtudes hasta perfeccionarlas. Aquí aparecen diferentes obstáculos que paralizan la práctica que son formas de la inercia al egoísmo, a la preocupación individual. Por ejemplo, el sentimiento de penuria que limita la generosidad o la rigidez que nos impide recibir las agresiones con espacio y responder con suavidad y paciencia. Aquí, el concepto de egoísmo se hace más amplio ya que en este nivel de práctica no se refiere a hacer daño – no ser generoso, por ejemplo, no es ser egoísta – sino a lo que frena el progreso y la evolución hacia la capacidad máxima de ayudar a los demás. Desde el momento que algo retrasa la felicidad de todos los seres, haciéndonos llegar más tarde a la iluminación, tiene de algún modo un aroma de egoísmo.

                Finalmente, para concluir me gustaría señalar que, en mi opinión,  el egoísmo sólo debe tomarse como un punto de referencia. Esto es, sólo como una indicación que nos señala cuál es nuestro nivel espiritual. Me explico. Como sabemos, el camino pasa por diferentes niveles de desarrollo; con lo cual, mientras más conciencia y mayor claridad mental, más percibimos el sentido de todo y la interconexión latente entre los seres y los fenómenos; así es como las actitudes egocéntricas van cediendo y la empatía y la compasión emergen. Desde esta perspectiva, esforzarse en aniquilar el egoísmo no creo que deba tomarse como un objetivo sino como una medida de nuestra calidad espiritual. El egoísmo no se puede eliminar directamente ni podemos a base de esfuerzo apartarlo de nuestra mente. Por el contrario, conforme desarrollamos la conciencia y vamos madurando se va cayendo de un modo natural, se va haciendo absurdo e inútil. Me atrevo a decir que la práctica es mas bien desarrollar la mente mediante la práctica espiritual mas que luchar contra un enemigo posicionado. Y esto es lo que nos lleva a desprendernos del egoísmo, de modo similar a como la crisálida, de modo natural, abandona el capullo para transformarse en mariposa. ♥♥♥