La Meditación y el dolor de la vida

Juan Manzanera

 

Lo más evidente se nos escapa. Este es el problema. Nos vamos detrás de fantasías y proyectos cuando todo está pendiente a nuestro alrededor. Lo primero que dicen los maestros es que sufrimos y que esto es irrevocable, y sin embargo seguimos escapando de la verdad. Cuántas veces nuestra práctica espiritual no es más que un escape del dolor, cuántas veces está basada en la búsqueda de un futuro sin sufrimiento huyendo del presente, cuántas veces estamos queriendo insensibilizarnos para aniquilar el dolor.

No aceptamos la primera verdad, no asumimos el sufrimiento de la existencia y reaccionamos atacándolo o huyendo de él, y cuando nuestra vida espiritual se fundamenta en una enfrentamiento o un escape es muy difícil llegar a ninguna parte.                

¿No es el objetivo de la meditación acabar con el sufrimiento?. Indudablemente lo es, sin embargo hay un pequeño detalle, la trampa y el malentendido en el caemos a menudo. Buscar la plenitud o la realización espiritual no es huir de la realidad, es indagar en ella, es depurar la calidad de nuestra percepción para reconocer cómo son las cosas de verdad. Y lo primero que vemos, aunque sea convencionalmente, es dolor, de modo que si lo negamos estamos interrumpiendo el proceso. Solamente cuando somos capaces de andar el camino cogidos de la mano del sufrimiento podemos llegar a algún sitio. Cuando somos capaces de pararnos ante el dolor y mirarlo de frente, y convivir con él - en lugar de alejarnos con meditaciones, ideas espirituales o rituales esotéricos - podemos penetrar en la esencia del universo. A menudo cometemos el error de mirar a otra parte por no ser capaces de soportar el dolor que forma parte de la vida.

La habilidad de la mente ignorante, que es tremendamente astuta (nadie dijo nunca que fuera estúpida), es usar también la vía espiritual para escapar. Nos desviamos del proceso porque no aceptamos el dolor de ser rechazados, de ser criticados, de no ser queridos, de sentirnos imperfectos, el dolor del abandono, de necesitar más, de vernos invadidos, de ser abusados, de sentirnos desconectados... No aceptamos el dolor de la soledad, de la insatisfacción perenne, de la impermanencia, de la enfermedad, de la mentalidad torpe e incompleta, de la muerte.

     Y estamos constantemente manipulando la realidad para evadirlo. Ante la posibilidad de que haya personas que nos rechacen escapamos forjando una imagen vital, maravillosa y tremendamente espiritual ante los demás. Para huir del dolor de la crítica escapamos con el esfuerzo de mejorarnos, ser incólumes y llegar a la plenitud, entramos en actitudes rígidas y perfeccionistas. No aceptamos el dolor de que no nos quieran y escapamos usando la manipulación y la seducción para arrancar un poco de cariño en los demás. No aceptamos el dolor de ser imperfectos y escapamos con la obsesión por conocernos mejor y controlar nuestra mente. No aceptamos el dolor de que invadan nuestro espacio y escapamos aislándonos, retirándonos a meditar en solitario y viviendo muy independientes. No aceptamos el dolor del abandono y escapamos sospechando y desconfiando de todo, incluyendo los consejos de los maestros. No aceptamos el dolor de no tener suficiente y escapamos haciendo miles de planes y proyectos para conocer más técnicas, tener más experiencias extraordinarias o conseguir más información. No aceptamos el dolor de que haya personas que nos controlen y escapamos dominando y vengándonos de todos, nos ponemos de líderes y guías de los demás. No aceptamos el dolor de la marginación y la desconexión de los demás, y escapamos viviendo el conformismo y la resignación, y afiliándonos a un centro espiritual o haciendo lo que se supone debe hacer un practicante.

      Un ejemplo muy concreto y claro es cuando nos ponemos a meditar. Nos sentamos y la mente se distrae. Una y otra vez nos sorprendemos pensando en cualquier cosa, y ¿por qué?, ¿por qué si tenemos claro que deseamos meditar no podemos estar ahí?. Hay varias razones, pero la principal es porque nos sentimos insatisfechos con lo que descubrimos al quedarnos en el presente, nos sentimos incómodos, nos falta algo, nos aburre, y sobre todo nos duele - el presente nos duele. Por eso no podemos concentrarnos y nos pasamos sesiones buscando imágenes que nos den un poco de gratificación y compensación.

        Así no vamos a ninguna parte. En el fondo no hemos cambiado nada, y la única diferencia es que ahora lo que usamos para ignorar el dolor es la práctica espiritual. Ahora, son las prácticas espirituales, la devoción o las enseñanzas místicas quienes nos sirven para anestesiar el dolor de estar vivo, el dolor de tener un cuerpo que enferma, de poseer un organismo con necesidades de alimento, caricias y sexo, de tener una mente insatisfecha, de sentir soledad, abandono, rechazo, marginación...

         La única salida es la aceptación con una conciencia diferente, con la atención que nos proporciona la meditación. La solución es dejar de escapar o de atacar la realidad y escuchar lo que los maestros explican cuando dicen que la verdad de la vida es la infelicidad. Y esta es la gran contrariedad del camino espiritual: nada ni nadie nos va a salvar de la angustia ni de la desesperación. A los maestros, les importamos muy poco como individuos, su objetivo es liquidarnos, acabar con nuestra personalidad y dejarnos completamente desnudos, y sin defensas en el vacío. Nos sentimos traicionados y vulnerables, pero pensar que alguien nos va a salvar nunca sirve; solamente cuando tomamos la responsabilidad de ayudarnos a nosotros mismos tenemos la posibilidad de conseguirlo. Y esto lo vivimos como una terrible decepción, pero el camino es así, una desilusión tras otra hasta llegar al chasco final que es descubrir que somos una quimera. Y para el ego esta es la peor infidelidad, la gran traición de los maestros.

         Nos dejamos seducir cuando oíamos hablar de poderes, realizaciones espirituales, y salvación pero lo que encontramos es que tenemos que renunciar a nuestras expectativas y trabajar sobre nosotros mismos quedándonos con lo que hay. Nos veíamos luminosos y rodeados de almas amorosas, y nos damos cuenta de que no nos queda más remedio que convivir con nuestra oscuridad y nuestros rechazos. Es una gran contrariedad, pero es lo mejor que nos puede suceder, es el paso imprescindible para empezar a avanzar. El camino es hacerse vulnerable al sufrimiento, es quitarse esa coraza que nos defiende de él y atreverse a vivirlo con una conciencia diferente.

        ¿Cómo salir del sufrimiento si tenemos que asumirlo? Y esta es la paradoja que aparece frecuentemente a lo largo del camino. Lo cierto es que aceptar el sufrimiento es acceder a sentirlo. Vivirlo en el espacio y la conciencia que nos permite la meditación nos ayuda a tener más sabiduría acerca de él, y de ahí surge la posibilidad de reconocer su origen y sus posibilidades de conclusión. De este modo, la comprensión viene de la propia experiencia y no de lo que alguien nos dijo. De manera que cuando no hay huida ni rechazo, la aceptación a través de la meditación se convierte en el instrumento para traspasar el dolor y alcanzar la libertad interior. Cuando uno toma las riendas y asume su poder  para acoger el dolor, sólo entonces, algo diferente sucede, y se descubre la gran paradoja: Justo ahí, bajo la aflicción, hay algo invulnerable y eterno que nunca ha sido ni será tocado por el dolor y el sufrimiento.