De la ignorancia a la sabiduría

Juan Manzanera

 Sin lugar a dudas una de las metas del practicante budista es desterrar toda la ignorancia de la mente; un buen renacimiento se alcanza por medio de la sabiduría convencional que reconoce el efecto del comportamiento y sus consecuencias, el nirvana se alcanza a través de la sabiduría que percibe la ausencia de identidad, el estado de Buda se define como un estado de sabiduría omnisciente que se obtiene cuando se eliminan las impresiones sutiles de no conocer la realidad interdependiente.

Sin embargo, creer en la ley de causa y efecto, o creer en que no existe un yo inherente, no es sabiduría. No es lo mismo tener unas creencias que ser sabio y la mayoría de los adeptos espirituales sólo tienen creencias. La mayor parte sólo alcanzamos a creer en cosas que nos han dicho personas que pensamos sabias, pero no tenemos sabiduría. Vivimos según unas creencias que se convierten en una referencia de conducta y una base para establecer nuestras metas, valores, expectativas e incluso necesidades. La cuestión es alcanzar sabiduría. Aunque cambiar unas creencias por otras pueda servirnos de cierta utilidad en la vida cotidiana, el verdadero objetivo, la auténtica transformación sólo viene de ver con claridad y lucidez, de percibir el mundo con sabiduría.

Desde la perspectiva psicológica, cuando se habla de sabiduría se dice de una cualidad que se caracteriza por la capacidad de juicio, la habilidad de aprender del entorno, una gran aptitud de razonamiento, mucha perspicacia y el uso efectivo de la información presente. Sin embargo, desde el enfoque espiritual, la sabiduría se refiere a una forma de percepción, es una mente que percibe la existencia de un modo más completo y acertado. De este modo, el problema de la ignorancia es un problema de percepción y atención. Somos ignorantes porque no tenemos suficiente atención, porque la mente percibe con distorsiones lo que tiene delante y no ve la auténtica realidad. Si la ignorancia es la percepción incompleta y parcial de los fenómenos del mundo, la sabiduría es una mente que percibe todo lo que existe sin exclusiones. La ignorancia no ve y por tanto no sabe lo que hay, mientras que la sabiduría percibe todo. Así, el ignorante nunca sabe que es ignorante.

Es imprescindible caer en la cuenta de que cualquier forma de sufrimiento que podamos experimentar procede de alguna forma de ignorancia. Esto es, siempre que sufrimos hay algo que no estamos viendo, algo que se nos escapa en la realidad que percibimos. La ignorancia es una especie de ceguera que nos lleva a deformar la existencia, a inventar una idea de nosotros mismos y de los demás, a construir la situación de un modo irreal. Es esencial ser consciente de este punto pues, como antes decía el ignorante no sabe que lo es y la única pista que tenemos para reconocer nuestra ignorancia es el sufrimiento que experimentamos. La posibilidad de salir de la ignorancia reside en entender el sufrimiento como un aviso y una señal indicadora del camino hacia donde orientarse. Como practicantes espirituales necesitamos escuchar el sufrimiento de nuestras vidas y hacer de él nuestro maestro. No podemos desecharlo ni escapar de él, es nuestra posibilidad de liberación. El sufrimiento nos indica que hay algo que no vemos en la situación que estamos viviendo. No me estoy refiriendo con esto a "aprender del sufrimiento" al estilo de la Nueva Era norteamericana, sino a escuchar lo que la vida nos enseña - con la mano junto a la oreja, tal como se representa al sabio tibetano Milarepa.

La única forma de llegar a la sabiduría es desarrollar más atención, más conciencia. Algunas veces, es la vida la que nos lleva a una mayor conciencia, como cuando padecemos una enfermedad, experimentamos un fracaso profesional o vivimos la pérdida de un ser querido. No obstante, en la mayoría de los casos, necesitamos ponernos a desarrollarla. La sabiduría no vendrá por sí sola con el tiempo y con la edad, es preciso hacer algo y el mejor método es meditar. La meditación es la herramienta por excelencia para adquirir más atención y por ende, más sabiduría.

Cuando meditamos tenemos básicamente dos objetivos fundamentales, por una parte el desarrollo de una atención de más calidad y por otra, la capacidad de identificar aspectos de la vida que antes ignorábamos. (Existe además un tercer aspecto más sutil y mucho más ligado a la sabiduría profunda, es el aspecto menos comprendido y más esquivo, y se refiere a vislumbrar desde dónde sucede la atención).

Por tanto, una de las estrategias para salir de la ignorancia es emplear meditaciones que nos lleven a refinar la atención. Estas son las prácticas de concentración y calma mental. Elegimos un objeto de atención como pueda ser la respiración, un sonido o una visualización y tratamos de enfocar la mente el tiempo que podamos. Esta atención sostenida nos lleva a una mayor lucidez y claridad, y nos lleva a una percepción más penetrante de la realidad. El problema principal de esta práctica es la capacidad de persistencia. Estamos demasiado habituados a manejar múltiples estímulos y restringir la atención a uno solo es aburrido, pesado y reactivo. Sólo podemos avanzar si conseguimos superar estas actitudes. El método para hacerlo parte de valorar positivamente los objetivos de la meditación, tener confianza en poder lograr los resultados de sabiduría buscados, considerar que es un objetivo factible y posible de conseguir, y entender todas las dificultades que surjan como trances a superar en lugar de objeciones a nuestra capacidad.

El segundo aspecto en la consecución de la sabiduría es prestar atención a aquellas facetas de la realidad que actualmente nos resultan inadvertidos. En este punto no tenemos más remedio que tener confianza en otros que suponemos más sabios y lúcidos que nosotros. Tenemos que aceptar que otras personas ven algo que nosotros no vemos y aprender de ellos para tener su visión. El punto de partida es la fe, de modo que quienes no tienen fe tienen un serio problema para obtener sabiduría. No estoy hablando de nada extraño. Por ejemplo, la primera vez que comimos una ensalada, tuvimos que creer en la persona que nos la ofreció como algo saludable, alimenticio y sabroso. Sin esa fe nunca habríamos probado la ensalada. No habríamos alcanzado la "sabiduría" de lo que es una ensalada. En el caso de la tradición budista, hay tres aspectos principales que intentamos percibir, la transitoriedad efímera de todo lo que existe, el carácter insatisfactorio de la existencia y la ausencia de realidad de un individuo independiente. Los maestros nos dicen que estas tres cosas existen y sólo nos queda darles crédito, únicamente así podemos intentar percibirlas por nosotros mismos y llegar a verlas como ellos.

Una vez que tenemos esta fe, el modo habitual de llegar a percibir lo que ahora ignoramos es a través de la reflexión y la convicción racional. Partiendo de la enseñanza escuchada, de nuestras lecturas y profundizando mediante el estudio y la reflexión, encontramos nuestros propios argumentos y razones; así, llegamos a una firme conclusión de que las cosas no son de otra manera y obtenemos la convicción clara. En el caso budista, llegaríamos a tener la certeza de los tres aspectos citados, todo es efímero y perecedero, ninguna cosa nos trae una verdadera satisfacción y nada existe con entidad independiente. Sin embargo, estar convencido de todo esto no es ser sabio, sino sólo el primer paso. Por muy convencido que uno esté de estas cosas la vida sigue igual con los mismos problemas y sufrimientos; esto es lo que vemos a menudo en muchos adeptos espirituales que siguen experimentando la misma infelicidad de siempre. Viven una espiritualidad basada en la fe y la devoción no habiendo llegado a más. La transformación sólo viene de la sabiduría, por consiguiente, hasta llegar a la visión sabia no tenemos posibilidades de vivir de una manera más plena.

Sobre la base de esta convicción racional se establece la percepción clara y directa de la realidad. ¿Cómo sucede esto? A través de la atención lúcida de que antes hablaba y que hemos desarrollado trabajando la calma mental. Esto es, mediante la colaboración entre esta convicción racional y la atención refinada de calidad llegamos a percibir lo que antes ignorábamos, llegamos a ver lo que no veíamos. Alcanzamos la sabiduría.

La mayoría de nosotros nos hemos quedado en la fe en los maestros, unos pocos han avanzado un paso más y tienen una firme convicción racional. Sólo alguna rara persona ha llegado a la sabiduría. Tal vez el problema esté en la base, quizás no nos demos cuenta de que el sufrimiento está sucediendo de verdad, un sufrimiento que se basa en nuestra ignorancia, y de que es posible dejar de sufrir porque la sabiduría se puede desarrollar, las cuatro verdades de Buda.