La Mente y la Meditación

Juan Manzanera

   Podemos trabajarnos de una forma más directa observando cómo actuamos. Una de las cosas que suele sucedernos cuando nos sentimos muy agitados es que inmediatamente nos identificamos y perdemos toda la perspectiva y claridad necesaria para manejar la situación. Entonces empezamos a imaginar que nos falta algo y no sabemos qué es. Estamos tan poco habituados a observarnos que en nuestro interior lo vemos todo confuso. Entonces puede que nos surja cualquier deseo como comer, comprar cosas o implicarnos en incontables actividades, y lo empezamos a hacer pensando que eso lo va a resolver. Sin embargo, solemos comprobar que por mucho que, hagamos alguna de estas cosas lo único que conseguimos es incrementar la ansiedad. El problema puede no tener nada que ver con ponerse a hacer algo, y sin embargo a menudo somos incapaces de distinguir, la actividad de la ansiedad; hay quienes están tan confusos que ante cualquier conflicto interior responden haciendo cosas, lo cual trae consecuencias bastante nefastas.

Si somos capaces de discernir lo que nos está sucediendo podremos dar la respuesta adecuada. Es decir, si sabemos que lo que sucede es que estamos agitados y que esto es un estado mental nos daremos cuenta de que para acabar con él tenemos que trabajar sobre nuestra mente, igual que cuando tengamos un problema físico trabajaremos con el cuerpo. De modo que en relación a los distintos estados mentales destructivos, cuando los descubrimos e identificamos usamos la meditación para quedarnos contemplándolos y observando cómo funcionan, así les ofrecemos todo el espacio que necesiten para expresarse. Una buena manera de trabajar la agitación mental es observarla en estado de meditación, es decir, en lugar de actuar y dejarnos llevar por ella conviene distanciarse y contemplarla como algo que sucede en la conciencia. Estando inmersos en ella es imposible tener calma pero si somos capaces de abrirnos internamente y darle espacio para que se exprese deja de afectarnos.

La mente es realmente algo muy amplio y tiene dimensión suficiente como para que una parte haga de observador de la otra. Esto es lo que tenemos que intentar, y realmente no es algo muy extraño pues lo hacemos a menudo con el mundo exterior. Por ejemplo, cuando miramos el mar, aunque siempre está en movimiento y agitado, nos produce mucha calma al contemplarlo desde la playa. Por el contrario, cuando estamos inmersos en él nos encontramos más movidos, si estamos en una barquita en medio del océano no hay manera de quedarse inmóvil. De modo que si somos capaces de alejarnos mentalmente y mirar con objetividad estaremos a salvo de los efectos de la agitación mental.

Aunque nuestra mente esté inquieta, su naturaleza sigue siendo quietud y claridad. Como sabemos tras practicar la meditación, la mente es como el espacio, no tiene dimensiones ni contornos, tomando conciencia de esta espaciosidad podemos permitir que la agitación se mueva por ella. Es la una técnica que usamos siempre y con ella descubrimos que ni somos lo que sucede en la mente, ni nos pertenece ni es de nadieo. Con ella aprendemos que no somos los contenidos mentales; como se suele decir, las nubes no son el cielo ni las olas el mar.

Una historia cuenta el caso de un joven que vivía con su mentor espiritual. El joven estaba muy interesado por la meditación y trataba de apartarse lo más posible de la gente y del bullicio del templo; sin embargo, no conseguía calmar su interior. Observaba a su maestro y le veía implicado una gran parte del día en recibir a los devotos, contarles historias y a menudo hablar de cosas triviales. Y le sorprendía que luego, cuando éste entraba en meditación llegaba a estados de profunda concentración. No podía comprenderlo y finalmente decidió preguntarle un día su secreto. El maestro le dijo: -¿Sabes?, cuando medito contemplo la naturaleza esencial que hay en mí y cuando estoy con la gente me fijo en su naturaleza esencial inmutable que no es distinta de la mía. No observo lo superficial y de este modo nada me aparta de la meditación y nada perturba mi interior.

Muchas veces la inquietud mental está producida por la insatisfacción, empezamos a sentirnos aburridos con lo que nos está sucediendo en la vida presente y mentalmente comenzamos a crear fantasías, recordar o hacer planes. Esto nos va alejando más y más de nosotros mismos hasta que nos perdemos. En este caso conviene que usemos la meditación para reconocer esos primeros momentos de aburrimiento y aceptarlos sin rodeos. Así podremos permitir que algo se vaya abriendo en nuestro interior y conseguiremos quedarnos más tiempo en la experiencia presente. De hecho el aburrimiento no es posible si estamos conectados íntimamente con nuestro ser.

Somos gozo y alegría, y somos valiosos, de modo que cualquier sentimiento de apatía o desgana nos está indicando un distanciamiento de nuestra naturaleza esencial. Sabiendo esto si conseguimos permanecer el suficiente tiempo plenamente conscientes de todos nuestros sentimientos y sensaciones presentes - que incluyen vivencias de vacío e inseguridad - podemos llegar a restablecer el vínculo perdido y recuperar el bienestar interior. Si no reconocemos los estados mentales destructivos en nuestro interior acabamos encontrándolos fuera, en los demás, con un aspecto irritante y provocador. Por otro lado creernos tan negativos puede llevarnos a sentir que tenemos que estar siempre controlándonos, como si tuviéramos un verdadero demonio en nuestro interior al que hay que contener a toda costa.

De modo que la cuestión es permanecer en contacto con lo que nos sucede y para ello es importante conocer bien nuestra conciencia. La mente es definida como un fenómeno con las características de claridad y conocimiento, y se compara con el espacio. En ella surgen todo tipo de estados mentales que en sí mismos no son ni buenos ni malos, pues poseen esas dos características. Solamente se convierten en algo perjudicial en función del objetivo que tengamos. Cuando lo que buscamos es quietud y conciencia del momento, algunos de estos estados se convierten en obstáculos, de modo que simplemente tenemos que evitar que estén presentes. Esto ocurre básicamente cuando la mente ya está llena, es decir, cuando ése espacio ya está ocupado por otros estados mentales.

Muchas veces hemos pensado que el objetivo es vaciar la mente; sin embargo, no es así, la mente siempre tiene un contenido y es imposible dejarla vacía. La cuestión, entonces, es darse cuenta de la naturaleza de la mente, del espacio que hay en ella. En la mente no sólo hay pensamientos, también existen factores como la atención, la memoria, la introspección, la intención y demás. De modo que lo que buscamos es dar espacio a todo esto y hacer que el contenido mental sean los estados mentales positivos que favorezcan la actividad que queremos realizar. En lugar de parar y reprimir lo negativo que aparece, le damos más espacio. De este modo retorna a la mente y se desintegra en ella. Es como tener una paloma en un barco en alta mar. El ave vuela libremente pero como no tiene dónde ir no le queda más remedio que volver al barco. Así, por un lado soltamos los contenidos negativos de la mente y por otro favorecemos los estados mentales que potencian cualquier tarea que queramos realizar.