Meditación: ¿En qué meditar?

Juan Manzanera

 
Meditar es poner atención sobre algo. No obstante, aunque en principio todo puede servir, las cosas que percibimos nos afectan de modos distintos.  Algunas veces nuestros objetivos pueden ser calmar la mente y otras activar ciertos estados mentales, a veces pueden ser trascender la percepción y otras controlar los estímulos presentes. Hay muchos objetivos y diversas formas de meditar, pero siempre hay algo sobre lo que se pone atención.
     Los maestros explican que solamente leer y saber sobre la espiritualidad sin meditar es como morir de sed ante un inmenso caudal de agua, pero también dicen que si no sabemos dónde poner atención, sentarse a meditar es similar a un ciego caminando perdido por un desierto.
     No hace mucho algunas personas me comentaban que meditaban dejando la mente suelta hasta llegar a un estado de tranquilidad interna. Sin embargo, aunque parece un buen ejercicio y suele resultar muy gratificante, es dudoso que eso sea una meditación que lleve a alguna apertura espiritual. No hay ninguna duda de que hacer eso les hace sentirse bien, pero es muy posible que no lleve a nada más allá de la experiencia de bienestar.
     Si meditamos para obtener realizaciones espirituales, necesitamos poner atención sobre algo. En algunas meditaciones el objeto de meditación es la propia la actividad mental y para ello observamos lo que sucede sin interferir, pero eso no es lo mismo que dejar la mente al azar. La diferencia es que en este tipo de meditación buscamos conocer profundamente la realidad de la mente y percatarnos de su naturaleza esencial para dejar de identificarnos con lo que la mente manifiesta. 
     De modo que tenemos dos cosas. Por una parte, saber sobre qué meditar y por otra poner la atención en ello y contemplar en profundidad. Para lo primero necesitamos leer, estudiar y escuchar lo que explican los maestros sobre el proceso espiritual. Aquí nos encontramos con muchas visiones y perspectivas, muchas de ellas contradictorias. Sería interesante conocer un poco de todo para no caer en posiciones extremas y rígidas, y para evitar caer en la intolerancia y el fanatismo.
 

Dos caminos

     Hay dos caminos fundamentales de los cuales se ramifican muchos otros, son el camino devocional y el camino del conocimiento. Sin embargo, aunque parten de puntos distintos conforme hay mayor madurez van convergiendo hasta descubrirse que nunca fueron distintos. La cuestión importante es que uno debe escucharse a sí mismo y ver cuál es su tendencia actual, sentir si su impulso es más devocional o más hacia el conocimiento. No sería muy apropiado negar el impulso devocional porque alguien diga que lo más elevado es la realidad sin forma u obligarse a ser devocional porque el entorno en que uno se mueve diga que ese es el camino.
     Así cuando el impulso es devocional la atención en la meditación se focaliza principalmente en imágenes, seres, objetos y presencias trascendentes. Uno busca bendiciones y espera encontrar la gracia de los maestros y seres realizados a través de la meditación y de ese modo alcanzar la unión mística. Por otra parte, cuando la tendencia de uno se dirige hacia el conocimiento, la meditación está enfocada en trascender las apariencias sensoriales, conocer la naturaleza de la conciencia, y descubrir la realidad fundamental de cada momento.
 

El dominio de la mente

     En cualquiera de los casos, hay un movimiento de la atención hacia algo, y eso requiere la capacidad de hacerlo. Es decir, el paso previo a todo esto es el dominio de la mente y de la atención. Necesitamos ejercitarnos en el control de la mente para ser capaz de llevarla adonde realmente nos interesa. La situación actual es que la atención está dominada y condicionada por las tendencias y hábitos mentales. Deseos, creencias, aspiraciones narcisistas, etc., están condicionando hacia dónde dirigimos la atención en la vida. No tenemos ningún dominio y aunque a veces tengamos la lucidez de saber qué sería más beneficioso atender, no tenemos la capacidad de hacerlo. Por consiguiente, es imprescindible desarrollar la capacidad de manejar la atención.
     Tradicionalmente, hay varias maneras de aprender a dominar la mente. Una de ellas es poner atención en lo que se está haciendo. Por ejemplo, cuando uno está andando, sólo está pendiente del movimiento al andar, cuando uno se lava sólo está pendiente de lo que está haciendo sin pensar en nada más, etc. Otra manera es estudiar y aprender de memoria libros sagrados y espirituales. También es muy efectivo vivir con la ética de no hacer daño, es decir, estar pendiente de que la conducta que realizamos no dañe a nadie.
     Lo mas común para dominar la mente es emplear meditaciones sencillas que consisten en focalizar la mente en una sola cosa. Se trata de mantenerse en el objeto de meditación el mayor tiempo posible sin distraerse. Así, por ejemplo, uno se focaliza en el proceso de respirar y trata de observar cómo el aire entra y sale por las fosas nasales. Con una atención clara se observa si la respiración es lenta o rápida, si el larga o corta, si es fuerte o débil, si es pesada o liviana, etc. En esta práctica, lo normal es distraerse mucho al principio, y el ejercicio es traer la mente una y otra vez cada vez que uno se distrae. Se requiere mucha paciencia y determinación, y es preciso tener una gran confianza en que la meditación es el camino hacia la verdadera paz interior.
     La cuestión es que tan solo con este ejercicio preliminar uno adquiere un poderoso recurso para enfrentarse a los problemas. Por ejemplo, muchas veces nos quedamos obsesionados con algo que nos hace infelices sin poder evitarlo, nuestro estado mental nos obliga a atender eso y acabamos atrapados en un malestar continuo; en ocasiones la solución puede ser atender otros aspectos de la situación. Así, cuando tenemos un cierto dominio sobre la mente, podemos distanciarnos un poco, tener una visión más amplia de la situación global y atender aspectos que antes no habíamos considerado. De este modo, conseguimos cierta serenidad interior.
     De manera que practicar la concentración es importante  y, aunque no es el objetivo sí es un instrumento necesario para lograr cambios profundos en nuestra vida. Se puede meditar en la respiración como se acaba de explicar, pero cualquier otra cosa sirve, la imagen de una vela, una flor, una letra, una estrella, etc.
 

Saber dónde dirigir la atención

     Una vez tenemos cierto dominio sobre la mente, el siguiente paso es aplicar la atención dónde nos interesa. Aquí tenemos que analizar nuestra vida y detectar nuestras tendencias; cuando lo hacemos descubrimos la predisposición a atender exclusivamente ciertos aspectos de nosotros mismos, los demás y las situaciones, mientras que siempre nos perdemos otros porque nunca los atendemos. Esta visión selectiva y parcial es la causa fundamental de que seamos muy irascibles, o adictivos, o inseguros, etc. Así lo que hacemos es utilizar la destreza aprendida para poner atención en lo que se nos escapa. Por ejemplo, si siempre me fijo en lo egoístas que son los demás, empiezo a atender las cualidades positivas, lo que recibo cada día de ellos, etc. Se trata de algo muy personal que nadie puede hacer por nosotros. Así tendremos una vida más completa y podremos empezar el proceso espiritual sin obstáculos ni interferencias.
     Cuando hemos llegado a este punto, podemos empezar con una meditación más profunda, en la cual nos enfocamos en los aspectos más sutiles y menos sensoriales de la realidad. De nuevo, es una tarea con la atención pero ahora va dirigida a algo que trasciende las limitaciones de la percepción biológica, sensorial, y racional.