Meditación: Vivir con sentido

Juan Manzanera

Cuando hacemos un retiro de meditación, antes de la primera sesión de la mañana dedicamos unos minutos a reflexionar sobre tres cosas: “Voy a morir”, “Tengo la oportunidad de aprender” y “No me voy a engañar”. Esto lo hacemos todos los días y se convierte en una manera de mantener el sentido de lo que estamos haciendo al practicar. La meditación puede llevarnos a momentos de una conciencia inexpresable y hacer que nos sintamos uno con el universo, puede expandirnos a un amor universal y puede fundirnos en un gozo indescriptible. Sin embargo, nada de eso tendría sentido si no se articula con la vida cotidiana y en las situaciones que vivimos cada día, en las que constantemente están muriendo cosas, continuamente nos estamos enfrentando a nuevos retos y a menudo necesitamos la máxima honestidad.

Voy a morir

Nada nace ni muere, sin embargo cuando creemos que algo ha aparecido estamos destinados a experimentar su fin. Creemos que estamos aquí que estamos vivos y vamos hacia algún sitio y esta creencia determina que vamos a dejar de existir. Es preciso entender cómo funcionan las cosas: todas las creencias tienen su consecuencia. Cuando creemos en la vida, tenemos que asumir que todo lo que vive acaba muriendo. Según esto alguien podría sacar la conclusión de que es mejor no creer en nada. Sin embargo, las cosas no son así, no es tan fácil; decir que no crees en nada es también una ideología, otra creencia que acaba trayendo consecuencias nefastas.

La actitud de la meditación es asumir la muerte, ser consciente a cada momento de que todo es efímero y pasajero, para de este modo alcanzar la conciencia más allá de la muerte. Cuando somos conscientes desde la mañana y a lo largo del día de que todo está naciendo y muriendo para que luego vuelva a nacer algo nuevo, empezamos a vislumbrar una frescura diferente que se traduce en vivir más plenamente y con más intensidad. Es decir, empezamos a vivir desde aquello en nosotros que no muere, desde el ser que está más allá de los conceptos de tiempo y espacio. La idea de la muerte nos hace conscientes de que no siempre tendremos la situación que tenemos ahora, las cosas cambian continuamente y a pesar de nuestra sensación de que todo es duradero y permanente, la vida nos está demostrando que las condiciones actuales son efímeras y transitorias y es preciso aprovecharlas al máximo. No podemos esperar otra cosa mejor porque todo es incierto y poco fiable.

Tengo la oportunidad de aprender

La conciencia de la muerte nos lleva a realizar la segunda idea: “Tengo la oportunidad de aprender”. Es decir, la primera cuestión es hacernos conscientes de que todavía no nos ha llegado la muerte. Podía haber sucedido ya, podíamos ser como muchos otros que más jóvenes dejaron la vida sin haber aprendido a desarrollar una mayor conciencia; sin embargo, no ha sucedido todavía. Por alguna razón todavía estamos aquí, todavía nos es posible experimentar sensaciones, reflexionar, crear, imaginar, trascender… Reflexionar sobre la muerte nos lleva a un pensamiento como: “Estoy vivo y soy consciente de ello, y por tanto la oportunidad sigue estando conmigo”. Pero muchas veces nos quedamos aquí sin ir más allá, y sin entender la verdadera dimensión de la oportunidad que tenemos. A menudo no nos damos cuenta de la amplitud y profundidad que tiene estar vivo. De modo que, ¿una oportunidad para qué?

La respuesta a esta pregunta viene de observarse uno mismo, de observar lo que somos y lo que nos diferencia de otros seres. La tradición de la meditación repite continuamente lo especial y valiosa que es la vida y lo exclusiva que es la mente del ser humano. Cuando nos miramos atentamente nos descubrimos con unas capacidades diferentes a las de otros seres vivos. Nuestro nivel de conciencia nos permite crear cosas diferentes y trascender las limitaciones de la naturaleza; podemos tener experiencias sensoriales infinitamente más ricas y diferentes, pero incluso podemos ir más allá de las experiencias sensoriales para alcanzar experiencias mentales y psíquicas. Pero fundamentalmente (y este es el principal objetivo de la meditación) podemos trascender todas las experiencias, podemos llegar a la conciencia pura, la naturaleza indescriptible que es la fuente de la vida, la esencia del universo.

Visto así, cada día de estar vivos es la oportunidad de vivir el nivel y las capacidades de conciencia con que estamos dotados. Podemos usar la vida como lo hacen los animales, con su nivel de atención e impulsos, pero sería desperdiciar la gran oportunidad que hemos recibido. La propuesta del camino de la meditación es aprovechar al máximo la vida para desplegar todas las capacidades de que estamos dotados. Se trata de vivir con la máxima atención y conciencia y no sólo experimentar el mundo de los sentidos sino también todo aquello para lo que estamos dotados, es decir la sabiduría trascendente, la bondad incondicional y la paz indescriptible de vivir la realidad. Es decir, la cuestión es ser conscientes de lo que tenemos, y actuar en consecuencia. Esto implica sentirse verdaderamente afortunados y al mismo tiempo agradecidos a la vida. Viviendo en consecuencia con la conciencia que tenemos, el día puede convertirse en una forma de corresponder y restituir a la vida lo que nos ha ofrecido.

No me voy a engañar

Así llegamos al tercer punto: “No me voy a engañar”. No queremos engañarnos y sin embargo, lo hacemos constantemente. El problema es que sin un trabajo personal y un compromiso no podemos evitarlo. Cada día nos contamos historias sobre nosotros mismos, sobre nuestra pareja, sobre el mundo…, y no vivimos la realidad. La base del engaño son las emociones destructivas, es decir, nuestros hábitos mentales determinan estados emocionales que nos llevan percibir las cosas de un modo concreto. Según las emociones que hay presentes en la mente, vemos las cosas de una manera. Nos creemos lo que las emociones nos describen y así nos engañamos. Así pues, engañarse es una consecuencia de hacer caso de la narración que la emoción nos hace del momento presente. No somos capaces de vivir el presente porque el momento actual está ocupado por una emoción que nos describe una realidad a su medida que es falsa. Cuando decimos: no me voy a engañar, estamos tomando la determinación de no hacer caso de lo que las emociones nos cuentan, estamos tomando la posición de ser honestos con lo real, sin distorsiones.

Parte de esta tarea incluye trabajar sobre la imagen que tenemos de nosotros mismos, por ejemplo, el engaño de ser alguien débil, poco valioso, imperfecto, etc. El personaje que está ocupando nuestro lugar en la vida debe ser reducido y apartado a su lugar en el mundo de las ilusiones. Creer en ser alguien nos limita, nos impide estar vivos y nos impide aprovechar la vida. Es el último engaño, el que necesitamos finalmente descubrir. Cuando nos identificamos con ser alguien estamos creando una realidad externa ficticia que nos va alejando más y más de la energía vital con la que hemos nacido. Así perdemos la vitalidad y nos desgastamos, y es así como la vida se convierte en una maraña de infelicidad. De modo que, el modo de llegar a ser feliz es dejar de engañarse y permanecer lo más cerca posible de la realidad, especialmente de lo que verdaderamente somos.

En consecuencia, meditar se convierte en un método para vivir más conscientes, para ser más honestos, y para aprender continuamente; es una ayuda para vivir. Meditar una forma de darle a la vida su sentido más profundo y definitivo.