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Más allá de Mindfulness

Más allá de Mindfulness

saltando montañas
No pongas límites a lo que puedes lograr No importa cómo haya ido tu vida hasta ahora. Lama Thubten Yeshe (1935-1984)

La práctica de la Atención Plena o Mindfulness es extraordinaria. Avalada por cada vez más estudios controlados, se está viendo que no en vano ha perdurado más de 2500 años. Entre sus más importantes beneficios señalaría que, por una parte tiene el efecto de cesar la creación de sufrimiento y por otra, sirve de plataforma para la indagación hacia nuestra naturaleza primordial.

La cuestión es que no solo la vida tiene sus dificultades y retos, sino que además nosotros mismos la hacemos más complicada con nuestras reacciones emocionales, interpretaciones y engaños. Así, la Atención Plena es especialmente efectiva en atajar el sufrimiento innecesario que producimos nosotros mismos. Por otra parte, la idea de que somos individuos con ciertas posesiones, capacidades, experiencias y percepciones es una limitación incongruente con lo que realmente somos. El grado de plenitud que logramos depende conocer nuestra naturaleza primordial, y la práctica de la Atención Plena crea las condiciones idóneas para iniciar el proceso en que se desvela la verdad.

Sin embargo… eso no es todo.
Hay mucho más. La vida también es evolucionar, crecer y desarrollarse. Algunas personas no nos conformamos con el fin del sufrimiento o el vislumbre de la conciencia primordial. Para muchos el asunto es encarnar lo mejor de uno mismo, personificar la posibilidad más evolucionada. Alcanzar la versión de nosotros mismos más plena y despierta.
La enseñanza budista afirma que todos los seres y fenómenos somos expresiones de lucidez y claridad. Dicho de otro modo, la naturaleza primordial de todo lo que existe es conciencia y vacuidad. Podríamos decir, por tanto, que cada uno de nosotros es una versión diferente de esta realidad esencial. En base a esto desde una perspectiva bastaría con conocer nuestra realidad esencial para así trascender.
Desde otro enfoque, aunque somos expresiones ilusorias de lo primordial, estas expresiones pueden estar más o menos evolucionadas y buscaríamos la manifestación más elevada. 
Así pues, después de dominar la Atención Plena todavía nos queda pendiente, por un lado el vislumbre e integración de la naturaleza primordial y por otro, propiciar la expresión más elevada de esta naturaleza primordial.
Lo primero ha sido expuesto en diversos artículos previos, y será tratado de nuevo en otro momento. En cuanto a lo segundo, un abordaje especialmente objetivo es analizar el nivel evolutivo de las personas en el mundo. Es decir, solemos creer que hay sabios e iluminados porque lo dice la tradición espiritual, incluso pensar que quienes están en posiciones de maestros forman parte de esa élite de seres elevados. Pero otro enfoque también interesante, y mucho más cercano, es estudiar a las personas que hoy en día vivimos en el planeta.
En las últimas décadas, algunos investigadores de las ciencias humanas se han cuestionado si los adultos también evolucionamos a lo largo de la vida. Es decir, si al igual que encontramos un desarrollo en la infancia puede hablarse de un desarrollo en los adultos. Como era de esperar sus estudios encuentran que el planeta está poblado por individuos que se hallan en distintas etapas de evolución.
Los sondeos indican que las personas no dejamos de evolucionar cuando llegamos a la adolescencia sino que el proceso continua y pasamos a lo largo de la vida por diferentes fases. No obstante, también se señala que es poco frecuente encontrar personas que llegan a las etapas más evolucionadas.
Hay varios modelos diferentes, en los que no voy a entrar en este artículo. Sin embargo, encontramos que todos los estudios coinciden en señalar que las personas partimos de estados egocéntricos a estados más altruistas. Podríamos decir, en nuestros términos, que lo que señala la evolución de las personas es el grado de compasión que encarnamos.
Un modelo muy esquemático puede servirnos para tener una primera idea de lo que estamos hablando. En síntesis, pasamos por las etapas de egoísmo, dependencia, independencia e interdependencia.  (No olvidemos que cada una de estas, en realidad contiene varias etapas de desarrollo). Es decir, la sensación de identidad, (que siempre es una ilusión o una expresión de la naturaleza primordial) funciona en la vida, en las relaciones, en el trabajo, en lo social, etc. de diferentes maneras según la manifestación sea más o menos evolucionada.
Todos empezamos siendo muy egoístas. Los niños son egoístas, solo piensan en sí mismos y sólo se ven a sí mismos. En esta fase, sólo nos movemos por impulsos emocionales y reacciones automáticas a nuestras sensaciones, ideas y experiencias.

Luego, en una segunda fase, empezamos a abrirnos a los demás y establecer lazos afectivos y lealtades. El servicio a los demás está mediado por compromisos y normas de lo que es correcto. Aquí sacrificamos nuestros impulsos como consecuencia de valorar la solidaridad y los vínculos con otras personas. Nos apoyamos en los demás y encontramos amparo en las personas que nos dan seguridad.

Una tercera etapa, que incluye a las anteriores, empieza cuando empezamos a sostenernos por nosotros mismos y tener criterios propios. Empezamos a saber lo que queremos independientemente de lo que diga la sociedad. Somos capaces de seguir nuestro destino sin rendir cuentas a los demás y al mismo tiempo seguir siendo respetuosos y leales con los compromisos y vínculos adquiridos. Aquí somos capaces de apreciar y respetar a las personas que son diferentes a nosotros. Hay un servicio a los demás que emerge de la propia convicción de que es algo importante y lleno de sentido.
La última etapa, más evolucionada, tiene que ver con reconocerse una creación impersonal sin realidad intrínseca, viene de la comprensión de que uno es interdependiente con el entorno. Hay una relación mucho más directa con la experiencia, uno se ve como alguien que forma parte de una realidad más amplia que le construye. Los conflictos de la vida son vistos como oportunidades para evolucionar más. Cuando se llega a esta etapa es el momento en que puede asimilarse la paradoja de que siendo todo una manifestación ilusoria de la conciencia es importante evolucionar como manifestación. Aquí, aportar lo más posible a los demás surge de un modo espontáneo, como la forma más coherente de vivir.

 

Los estudios afirman que en el planeta sólo se hallan en la última etapa entre el 1% y el 7 % de los adultos, el resto se encuentra en los estadios inferiores. Por algún motivo, la mayoría de las personas se quedan estancadas en la etapa de dependencia o en la de independencia. Visto esto, lo que nos planteamos es avanzar hacia la etapa más desarrollada. Aunque todo sea vacuidad y conciencia, las expresiones de esta realidad fundamental tienen un peso. El individuo es una ilusión pero la conciencia primordial es el individuo. No es lo mismo ser egoísta que compasivo. No es lo mismo, aunque todo sea una ilusión.
Como decía el gran maestro Shantideva, que demostró  haber alcanzado los estados de máxima evolución: Mientras siga existiendo el espacio, mientras sigan existiendo seres, que hasta entonces siga yo existiendo y elimine el dolor de los seres.
La medida de lo evolucionados que estamos la encontramos en la compasión. Nuestra forma de percibir, relacionarnos y experimentar a los demás determina nuestro punto de desarrollo. Lo fácil y natural que nos resulta el amor y la compasión, indica si somos una expresión más o menos evolucionada de la claridad y lucidez. Por consiguiente, una de las mejores maneras de desarrollarnos es cultivar la apertura a los demás, aprender a ponernos en su piel, desarrollar la capacidad de vernos en ellos, y reparar en que cada persona es al fin y al cabo una versión diferente de uno mismo.

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