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Meditar para desaparecer

Meditar para desaparecer

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Muchos pasamos la vida queriendo cambiar, nos peleamos con nosotros mismos, nos esforzamos en ser diferentes y rechazamos lo que no nos gusta de nosotros; así, negamos la vida y nos perdemos. Desde el punto de vista de la sabiduría es un error querer ser mejor y cambiar. No hay nada que cambiar, no es cuestión de perfeccionarse sino de tomar más conciencia. Lo que buscamos es una visión, una conciencia de quienes somos en realidad. Sustituir el yo actual defectuoso por otro mejor, no resuelve nada. Lo más probable es que sólo sirva para hacer que la mente negativa predominante sea otra; si antes nos enfadábamos mucho, tal vez ahora somos más celosos o más dependientes. De modo que sólo hemos cambiado un problema por otro.

     La sabiduría nos dice que esforzarse por ser algo, aunque distinto, es inducido por la ignorancia. Lo más sabio es descubrir que ése algo que deseamos cambiar, esa individualidad que nos resulta limitante y buscamos reformar, no tiene realidad, es una ilusión. No obstante, esto no excluye que hasta alcanzar cierto grado de sabiduría sea conveniente minimizar las causas de sufrimiento; por ello, como solución a medio plazo, intentamos evitar ciertas emociones negativas.  

     El yo independiente y autónomo no es mas que un fenómeno psicogénico, originado en la conciencia y engendrado en base a un modo de funcionamiento. Nunca hemos tenido una experiencia directa de un yo auto-suficiente, tan solo conjeturas y deducciones inconscientes. Nuestro pensamiento racional considera que tiene que haber algo que coordine las actividades, que se plantea objetivos y que guarda recuerdos de experiencias vividas. “Ese soy yo”, pensamos. Pero los indicios de la posible existencia de un yo no prueban mas que el organismo está organizado y coordinado de un modo complejo y eficiente. Sin ninguna evidencia clara, llegamos a la conclusión de la presencia de algo independiente y con ello atribuimos a nuestra existencia una realidad que no tiene. 

     De nuevo, podemos encontrar la confusión entre el todo y sus componentes. El yo independiente aparece como un todo que destaca y sobresale por encima de la realidad de unos factores interrelacionados: el cuerpo y la psique. Pero, aunque lo sintamos con tanta fuerza y claridad, no deja de ser mas que un efecto residual de la configuración del organismo. 

     Un maestro, Lama Zopa Rimpoché, lo explicaba con el ejemplo de un maniquí. A lo lejos vemos una persona que parece que nos está esperando, y cuando nos acercamos descubrimos que sólo es un muñeco de cartón piedra. En el momento en que vemos el maniquí, la persona ya no está. No porque se vaya a algún sitio sino porque nunca estuvo allí. La persona había sido una conclusión errónea al ver los elementos que configuraban el muñeco. Al ver el maniquí vemos el vacío de existencia de la persona. 

     Lo mismo sucede con nosotros mismos. Parece que existe un yo, pero si nos acercamos y nos fijamos, evitando sacar conclusiones prematuras, no está, nunca ha existido. Lo notable de esta afirmación es que contradice nuestra experiencia. Sentimos de un modo muy patente “yo soy alguien, estoy leyendo una revista, quiero dar un paseo, etc.” Pero la realidad niega lo que experimentamos, la sabiduría muestra un vacío y nos resulta inaceptable. 

     A lo largo de los años en que he trabajado esto en grupos de meditación, se repite constantemente el caso de personas que se irritan, se enfadan o se molestan mucho cuando tocamos el vacío. Es muy curioso observarlo, y justamente, esta es la prueba de lo cierto que es. Porque no se trata de sentirse vacío, como cuando una relación termina o una persona íntima fallece, es otro tipo de vacío. Una experiencia que hace tambalear nuestra convicción de ser alguien. Cuando algo nos toca a esos niveles, sentimos una amenaza contra la que nos encaramos automáticamente. Nos sentimos muy incómodos y nos irritamos queriendo negar algo que acabamos de intuir, como buscando la manera de recobrar la sensación de ser alguien. 

     El verdadero progreso espiritual va encaminado a soltar todo, a desprenderse. La conciencia de la ausencia de un yo verdaderamente existente nos confronta con que no hay nada a lo que poder aferrarse, ni siquiera un ser espiritual y mucho menos una meta. Como señala Buda en los discursos sobre sabiduría, no hay nada que lograr o no lograr, no hay iluminación ni camino que recorrer. De modo que los llamados frutos espirituales finalmente se quedan en la nada y el adepto reconoce que nunca tuvo identidad. 

     Es una situación paradójica porque iniciamos la búsqueda partiendo de una identidad definida y una imagen concreta de lo que queremos ser. Esto es lo que nos estimula y motiva. Normalmente nuestro punto de partida es una situación de sufrimiento. Tenemos problemas de relaciones, no conseguimos vivir como habíamos planeado, nos vemos mermados en nuestras capacidades, etc. Conforme vamos adquiriendo conciencia de lo que nos sucede, empezamos a esclarecer el entretejido de emociones y creencias que inducían todos esos problemas. Luego, llega un momento que descubrimos una emoción o sentimiento nuclear alrededor del cual se forma toda la estructura de pensamiento que está creando nuestro mundo infeliz. Descubrimos ideas del tipo, “no me pueden querer”, “tengo que ser perfecto”, “no puedo con la vida”, etc. Todas ellas tienen en común una sensación muy visceral de un yo inherente e independiente.

Es decir, cuando profundizamos en las causas de nuestra drama personal, advertimos en el origen esta sensación de yo. Por ello, en un momento dado, la única opción es enfrentar eso y asumir que es una fantasía creada por la conciencia. Nos suele producir mucha desconfianza y desasosiego, porque parece que nos quedaremos sin nada. Dudamos porque, si las cosas son así, parece que ya nada nos fuera a motivar y no seguiremos avanzando. Parece que nos quedaremos sin referencias y sin apoyo interno. Es como llegar al borde del precipicio sin otra alternativa que saltar. 

Sin embargo, cuando nos arrojamos y vislumbramos el vacío, entendemos que el dolor viene cuando estamos contraídos y nos identificamos con una pequeña porción. Comprendemos que la sanación consiste en respetar la presencia del dolor en la totalidad que somos, como una zona de nuestro ser, el cual está vacío de realidad. Nos percatamos de que el vacío nos expande y nos abre a una amplitud en la que hay lugar para el sufrimiento sin pérdida de la paz interna. Luego, cuando salimos del vacío, de nuevo aparece el yo, pero ahora se comprende que es una convención, como un efecto secundario o una ilusión óptica. Entendemos que hay un yo que funciona convencionalmente y que actúa y experimenta la vida. Pero ya no sirve de base para que el sufrimiento se adhiera.

Estamos hablando de algo muy específico y sutil. Llamamos sabiduría a un tipo de atención muy concreto que percibe la inexistencia de cualquier fenómeno auto-suficiente e independiente, incluyendo el yo. Por consiguiente, no se trata de percibir un vacío cualquiera sino de ver ese vacío específico. 

Es como querer medir una característica del ambiente; por ejemplo, la radioactividad de un edificio. Para hacerlo necesitamos un aparato especial que pueda realizar esa medición. No sirve un termómetro ni un barómetro. Cuando usamos el sensor adecuado podemos ver lo que marca, y si la señal es nula entendemos que el lugar está vacío de radiactividad y sin peligro. La sabiduría es similar, es un tipo de conciencia que detecta si algo tiene existencia intrínseca. Cuando lo aplicamos a los fenómenos del mundo, siempre revela vacío.


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